viernes, 18 de septiembre de 2020

Historias Sonoras, Charly y las botas de cremallera.

Marbella en enero es por lo menos, extraña, como extraña lo fue el alternar la cotidianeidad familiar de un cumpleaños con el trabajo eventual en uno de sus pisos de muebles castellanos y urbanizaciones de alquiler para veraneantes de la setentera Costa del Sol. En la foto, una tarta de cumpleaños, mi prima Reyes con su flequillo, el niño de una pareja compañeros de trabajo de mi tío y yo, con mis botas altas de cremallera lateral que a mis seis años ya me hacían creer que era una moderna fuera de lo habitual. Fuera de la escena mi tío Pepe, mi tía Reyes, mi abuela y esa familia agregada y ya olvidada, con seis años apenas se recuerda nada, salvo que el verano llegaba cuando mi tía Reyes dejaba la salita en penumbra y me hacía un cuenco enorme de fresas con naranja. Ella y yo compartimos la  animadversión a los besos, el guiño característico del ojo izquierdo y el nombre, y descompartimos la virtud de convertir en delicatessen todo lo que cocina; tartas vegetales, rollitos basta ya, chipirones en salsa con arroz blanco y un largo etcétera. La tarta de calabaza que inspiró esta historia sonora preparada porque sí, me devolvió a ese enero en Marbella y a una máquina de la puerta de un bar, donde un huevo de plástico contenía una baratija sin valor, una cadena de la que colgaba un cuerno imitación a marfil, y que se unió a mis botas de cremallera para convertirme en todopoderosa. Fue al volver al interior cuando me topé con la complicidad de mi tía en una de sus sonrisas exclusivas, quizás ella ni recuerde que me dio la moneda, ni repare en ese episodio, ni se acuerde de que le robé para siempre aquel gesto de complicidad con mi cuerno colgando del cuello pisando el suelo de aquel bar de turistas con mis botas sintiéndome segura. Sonaba de fondo una canción que convirtió el momento en inolvidable, la complicidad de mi tía Reyes, la del rulo en la frente y los dedos de los pies asomando por las sandalias adelantándose a sus pasos.  
La tarta de calabaza que me hizo porque sí me devolvió esa sensación de sentirse querida y segura, como aquel enero marbellí tan atípico, entre sonrisas, tartas de cumpleaños y la voz pastelosa del cantante de Santa Bárbara que le cantaba a a alguien llamado Charly, que tuvo mucha suerte, al cruzarse en su camino...