domingo, 22 de marzo de 2020

La buena suerte


Esta mañana, cuando paseaba al perro, vi un billete de 5 euros que estaba en la acera.
Al ir por él, una mujer salió del portal que estaba justo delante y lo cogió, sorprendiéndose de su buena suerte. Mientras mi perro cumplía con sus biorritmos, mi mala suerte se empezó a dispersar al caer en la cuenta de quienes disfrutan los daños colaterales de este estado de alarma. Observé que la naturaleza se ha apoderado de lo suyo; el cielo está limpio, los pájaros están a sus anchas, se les escucha con total impunidad y a los árboles, nada les hace sombra.
Al subir a mi casa, en lugar de hundirme un poco más como cada día en esta clausura forzosa, echando de menos la vida que ninguno disfrutamos, pensé en cómo me va a sentar volver a lo cotidiano, resulta que ser feliz es accesible y además, muy barato; andar por las calles, hablar con la gente, las bromas, los besos, los bares, los autobuses, los abrazos, la bicicleta, pedir la vez, esperar en una cola, discutir, esperar, correr, charlar...
Cuando esta pesadilla acabe, echaré de menos únicamente aquello que verdaderamente necesite y me necesite y buscaré la felicidad que se encuentra en aquellas cosas que nos insuflan el alma, la respuesta a la pregunta que a todos nos unifica; qué haremos cuando todo vuelva a la normalidad.
Y decidida a quitarme el último atisbo de resignación que traía de la calle, me cobijé en mi música de siempre, esa que siempre está ahí sin entender de tiempo, distancia o circunstancias. La magia vino acto seguido con un mensaje en el teléfono, donde una voz amiga me decía que nada más pasara esto, teníamos que quedar porque no podíamos dejar que la vida, los horarios y las prisas  nos pasaran por encima sin disfrutar de un rato juntas, riéndonos de cualquier cosa, que solo quería que yo lo supiera.
Y pensé que eso sí que es tener buena suerte.
(Gracias, Inma)