jueves, 9 de abril de 2020

el tiempo sin tiempo

(foto @tirikitraum)

El tiempo sin tiempo del niño, que diría Cernuda.
En mi reloj sin tiempo, los minutos pasaron despacio ante el retablo de Santa Lucía, mientras intentaba adivinar lo que llevaba en el platillo, o asomada a aquella azotea de mi tía y de todos, por la de veces que la nombro, desde donde la señora de la palma y la rueca, me miraba con ojos de diosa, aquella azotea por donde no se borra ni uno solo de mis recuerdos.
Recuerdos que serpentean por los callejones de Feijoo, Bustos Tavera, San Felipe o Doña María Coronel, la del compás fresco del convento, donde descansa la monja del aceite hirviendo adormilada por los sones del órgano de Bécquer y Maese Pérez, dibujan la geometría de la azulejería del Tremendo y descansan sobre las barras de Los Claveles, el Cangrejo o la complicidad del  Rinconcillo, con su madurez y su ventana, donde forma la irreductible guardia de soldados de pavía y coroneles.
Los minutos se me detuvieron para hacerse eternos por la Plaza Cristo de Burgos, bajo la sombra de sus ficus centenarios, contando gatos que en su total impunidad, se asomaban por las rejas de los antiguos juzgados; por la tienda de ropa de la esquina, la freiduría, los camiones de harina que llegaban de madrugada a la panadería de Amalia, el 6-40, esquina a Alhóndiga, donde aquel portugués amigo de mi tio Vidal hablaba con un acento extraño y los futbolines en la estrechez de Gerona.
Yo no nací en Santa Catalina, pero ni falta que me hizo, ya que me siento de allí a pesar de ser hija de un barrio inmenso como el polígono de San Pablo, por donde discurrió el tiempo con tiempo de la niña. El ir a Santa Catalina acabó convirtiéndose en modo, en parte, en forma de vida, y por ese reloj sin tiempo empezaron a discurrir aquellas mis primeras Semanas Santas, las de estreno incómodo el domingo de Ramos, gafas de sol, video cámara, helados del Rayas y graderío en la plaza del Triunfo donde nos sentábamos todos aquellos que ahora, componen la cofradía que se forma en mi corazón cada Jueves Santo, aquella gente inolvidable que no cabe en este texto; gente bajo el antifaz, bajo las trabajaderas, al martillo, bajo las ropas de acólito, en la Junta de Gobierno, gente que habita en alma morada, en la azotea eterna de mi calle Gerona.
Recordaré siempre aquellas Semanas Santas de pasos de palio recogiéndose a la madrugada con mi primo y su vespino, y aquellas vísperas; Via Crucis, ensayos de costalero, retranqueos o aquella mudá con la saeta de Pepe Peregil por la plaza Rialto. Aquellas tardes de besamanos, de besapiés, de cultos, aquellas cuaresmas de los quince, los dieciseis o los trece años que no tendría, cuando por primera vez me vi con las manos llenas de tarni shield, entendiendo que ya formaba parte de aquella cofradía para siempre, como algo intrínseco, una sensación que nunca desaparece, que revivo en cada reencuentro.
Aquellos que compartieron conmigo los años del Grupo Joven limpiando plata, mientras poco a poco se iban montando los pasos y yo me sentía privilegiada por vivir algo único, siempre aparecen a mi lado, cuando se abre la ojiva, se mira a la palmera, al alminar o al retablo del señor, porque conocemos el sonido de los adoquines de la calle Gerona cuando lo pisan las sandalias con la Cruz de Guía que abre nuestros Jueves Santos, son los mismos y las mismas que han sembrado la estirpe de los que vinieron, de los que vendrán y que volverán para detener el tiempo sin tiempo de sus hijos.
¿Que es un día para la eternidad de la gloria? Llevamos encima muchos Jueves Santos con sus esperas, sus salidas, sus entradas, los exilios, las estrecheces, las cuestas del Rosario, los martillos, las campanas de los varales del paso, las lluvias, y la candelería que llora como Ella ¡qué más dará esperar un año si albergamos tanta historia!, si el tiempo sin tiempo del niño vuelve siempre, para reencontrarnos con lo que somos, con lo que fuimos.
Con lo que seremos.