viernes, 22 de marzo de 2019

La eterna primavera

La primavera floreció como siempre y para todos por igual, aunque para mí se conservará eternamente. La generosidad de un ser querido, responsable y admirado lo hacía posible cuando en la tarde en que el almanaque recibía al solsticio de primavera, su familia demostraba toda una lección de vida afrontando la difícil decisión de la posible donación de los órganos de aquella persona que se marchaba demasiado pronto.
Con una entereza admirable, sus hijos y su mujer supieron entender la importancia que tendría beneficiar a otra persona la cual, gracias a ese enorme gesto, podría ya no mejorar la calidad de vida, sino volver a la vida; a respirar, a ver, a abrazar, a sentir. No les importó alargar el cansancio acumulado del poco dormir, de incómodas y frías horas de visita, de malas noticias y vanas esperanzas que se desinflaban como pompas de jabón, ni las horas de espera en las sillas del hospital o el agotamiento emocional ante la interminable conclusión de lo inevitable, para dar el beneplácito consensuado activando así el protocolo de donación de órganos, ante un equipo de profesionales médicos donde la humanidad siempre fue la principal virtud. Quiero explicarles que nunca vi una profesionalidad, atención y un compromiso médico más firme y humano; nunca vi a un doctor llorar de emoción al ver la admirable reacción de una familia unida, abanderando la generosidad que siempre atesoró quien fue su padre y marido. Ni se dudó un momento ante la posibilidad de ayudar a alguna de esas tantísimas personas que anhelan de ese tipo de gestos para poder vivir mejor o sencillamente, para poder volver a vivir. Quiero contarles que nunca presencié nada más hermoso que la despedida en ese angosto y frío pasillo que conduce de la UCI al quirófano, porque entendí que no hay nada más grande que marcharse de esa manera, dando vida. 
Una semana luchando con la muerte, rodeado de quienes le quisieron bajo ese “no hay derrota en el corazón de quien lucha” como le decían sus colores.

Quien os escribe, desde la barrera de haber llegado tarde pero a tiempo y la cercanía que ofrece el respeto y la admiración, le recordaré siempre en su hijo, en su familia y en la lección de vida que me ofrecieron aquellos que más le quisieron. Y es que esta familia siempre supo hacia donde vira la veleta que marca la Esperanza, ésa que ahora estará floreciendo en aquellos afortunados que recibieron la generosidad de Tomás, a modo de eterna primavera.