domingo, 12 de diciembre de 2021

Los ojos del prioste

En el circuito pasional de mi misma, existe un cruce de caminos infranqueable situado entre las calles que aunque no me han visto nacer, me han moldeado y han protagonizado las vivencias de una época única. En la confluencia de Gerona, Bustos Tavera, Sol y Alhóndiga mi corazón permanece desde niña, asomado a la ojiva de Santa Catalina. De ese barrio somos, vecinos de sus calles aunque residamos en otro sitio. A Alfonso le ocurría lo mismo que a mí, era vecino del Polígono de San Pablo pero residente en el vulgo de Santa Catalina, donde sus ojos tantas veces se quedaron mirando orgullosos, como miran los priostes. La candelería del paso de palio recogerá la cera de su ausencia el próximo Jueves Santo cuando los adoquines anuncien con la Cruz de Guía, pasos sobre sandalias devolviéndonos tantos recuerdos que se quedaron en cuentas de tiza sobre las barras de El Cangrejo o el Tremendo, serpenteantes por los callejones de Feijoo y San Felipe, por donde aún huele a la harina de Alcalá de la panadería de Amalia.

Escribo esto con las manos llenas de tarni shield, que era el lenguaje que más conocía Alfonso y mientras lo escribo enfilo la estrechez de Alhóndiga dejando a mi izquierda el Seis cuarenta para asomarme a aquella casa donde una mesa de camilla nos recibía, y mientras escribo me asomo a la ventana del Rinconcillo, fortaleza indestructible de vivencias bajo la guardia de coroneles, soldados de pavía y el vértigo de los años que tantas veces han presenciado como se abría la puerta por donde cada Jueves Santo se asoma mi Semana Santa. Y aunque Alfonso ya no esté permanecerá en el tiempo detenido por las vísperas, aquel en el que observábamos con admiración su maestría a la hora de levantar una cofradía subido en el paso, montando un besamanos o un altar de quinario. Fueron y serán mis años irrepetibles, protagonizados por gente inolvidable de alma morada y blanca que me enseñaron a escuchar el sonido de los campaniles de los remates de los varales y el crujir de las nueve trabajaderas cuando levantan el paso de quien mira las azoteas tras la estrechez de Gerona, donde siempre me espero, donde siempre me encuentro, seguido de cinco lagrimas que se derraman sobre candeleros de cristal que tan bien conocieron aquellas manos. El manto de tisú,  los respiraderos, los ángeles de las esquinas con los instrumentos de la pasión o los de la Roldana que custodian los dos caballos que galopan al ritmo que marca su capataz y los latidos del corazón de sus costaleros.

Se nos ha ido Alfonso, uno de los que me enseñó a querer a aquella cofradía de cinturones de esparto y romántica melancolía de atardeceres y vencejos como si fuese parte de mi misma y uno de los que me inculcó el orgullo de ser parte de ella. Se marchó dejándonos  su carisma, sus manos y su maestría envuelta en el eco de su risa serpenteando por los balcones y ventanas del barrio donde la torre mudéjar, la Santa con la espada y los ojos del plato componen la cofradía que se forma en mi corazón cada Jueves Santo, nómina de nazarenos desfilando bajo la azotea eterna de mi calle Gerona por donde no se borran los recuerdos tras abrir las puertas de una Santa Catalina que ya no será la misma sin él. Sentiremos la orfandad de su mirada cariñosa y aquella sonrisa socarrona que sigue despertando a los gatos que se asoman por las rejas de la esquina de Alhóndiga, donde el reloj de los antiguos juzgados se para cada Jueves Santo, donde el tiempo es eterno sobre sus adoquines, desde donde Alfonso siempre mirará la torre de su Santa Catalina, con los ojos orgullosos, como miran los priostes.

(Foto, Hermandad de la Exaltación)