sábado, 17 de julio de 2021

Un banco en la calle

¿Qué te vas a poner? cuando salir por el barrio para ir a ver las carteleras del cine de verano o comprar un fortuna suelto en el kiosko con un chicle de menta para evitar el olor, era la mejor de las opciones. En aquella época, tener unos vaqueros "Lee" apretados, de esos que había que abrocharlos tumbada en la cama, era un signo de poder incuestionable; quince, dieciséis años y toda la vida por delante mientras el agua con azúcar fijaba el pelo para que tu te parecieses a CC Catch y yo, a la cantante de Vídeo, la de la noche no es para mí, no para miiiii. Aquellos eran años de recogernos las unas a las otras por distintos portales del barrio, para ir todas juntas al mismo banco de la plazoleta donde estaban los mismos y donde hacíamos las mismas cosas, gente que ha pasado por nuestra vida para bien o para mal, que han determinado en parte nuestros pasos permitiéndonos que al menos, nosotras hayamos continuado con un contacto estrecho y ausente, cercano y a la vez, lejano. Y cuando el reloj marcaba la hora de volver, casi siempre antes de que diesen las diez como cantaba Serrat, escalonadamente, según la permisividad de los padres, íbamos retornando a los salones de cada casa en aquellos veranos donde Angela Channing se asomaba por las televisiones. Ella era de las primeras en marcharse y a mí no me importaba irme antes con tal de acompañarla y quedarme un rato más con alguien que pensaba, actuaba y tenía la misma caraja que yo. Aquellos fueron años de los Spandau Ballet, de llevar una piedra en el bolso de lo poco que pesaba, de hacer cola para ver FlashDance, de sábados en la parada de frente del autobús que venía de vuelta y que nos permitía coger un sitio a la ida, mientras los demás se quedaban en tierra viendo como el Tussam pasaba de largo lleno hasta la bandera, para ir a los Remedios, donde habían demasiados "hombres ges" o a la Gavidia, que era la alternativa más favorable, pasando por algún que otro martes al Coto donde daban un San Francisco gratis a todas las que íbamos, con su borde azucarado y su paraguita a unas horas más propias de colegio que de discoteca. Recuerdo desde el vértigo de los años, como me inicié en muchas experiencias pioneras en mi vida; fumar a escondidas, cuelga tu primero, primeros besos, espiar o asomarnos a la estrecha ventana de tu salita que daba a la avenida con un cojín bajo los codos para ver la vida pasar, con esa ingenuidad que cuarenta años después, a ambas no nos ha abandonado, afortunadamente. Imposible olvidarnos de aquellos veranos sanluqueños con la banda sonora de Madonna, Los Calis, el Voyage, Voyage, Level 42 y tu parecido con Marta Sánchez, que tantas puertas nos abría. Un banco en la calle era lo único que necesitábamos para reírnos horas y horas y horas como no me he vuelto a reír nunca, algo que me lleva a escribir esta reflexión ya que prevalece por encima de la vida que a ambas nos ha pasado de mejor o peor manera, con los desengaños, las malas decisiones o la crueldad de las circunstancias, por eso tengo tantas ganas de quedar contigo, para sentarme en otro banco y que no sea todo el felicitarnos el año nuevo que cambia de almanaque o el nuestro, ése tan reciente que nos indica que solo nos diferencian 24 horas según la fecha de nacimiento. Quisiera volver a reírme de nada y por nada o llorar en tu cuarto, mientras tu cuñado nos miraba vestido de soldado desde el portafotos de tu hermana, por un amor no correspondido de cuyo nombre y cara, no nos acordamos aunque quisiéramos, mientras Mark Knopfler con su banda y el saxo, anunciaba los primeros compases del Your latest trick, aquella canción que cada vez que vuelve a mis oídos, me devuelve al recuerdo de la amistad más pura y menos disfrutada que tuve jamás.

Susana, tenemos que vernos.