sábado, 11 de junio de 2022

La estrella fugaz


Aún recuerdo la cara de mi madre, no por el premio recibido, sino porque no dije que había sido la ganadora de aquel concurso de redacción sobre mi barrio, dentro de uno de los actos que se organizaban en aquellas memorables velás de mi infancia. Al oír mi nombre en voz de aquel vecino desacostumbrado a hablar por el micrófono y verme subir las escalerillas improvisadas al tablao rodeado de la bandera de Andalucía y la cruz de mayo al fondo, situado de muy mala manera encima de un arriate sobre la tapia que delimitaba mi plazoleta de la Asociación de Vecinos Unidad. Aquel vecino presentador me recibió entre un mar aplausos sobre sillas de caseta de feria entregándome la placa y un sobre con dos mil pesetas. En breve se cumplirán cuarenta y un años de aquel día, y aunque la Asociación ya no organice velás ni el vecino presentador siga entre nosotros e incluso hayan desaparecido las pesetas, aún sigo sintiendo esa misma emoción con las que subí aquellas improvisadas escaleras de acceso a aquel tablao. Ayer, en la librería Verbo, la niña de la placa y las dos mil pesetas, le contó a los que con los ojos orgullosos, emocionados, expectantes y curiosos, qué me había pasado para convertirme en escritora. A mi derecha, quien me puso delante el espejo de mi misma y a mi izquierda, quien lo hizo posible; mi editor que siempre creyó en mi y mi mentor, entre los dos me hilvanaron con elogios el traje de escritora a la medida. Unas filólogas defensoras y embajadoras de la palabra, desarmadas sin abanico flanqueaban a las mujeres de mi familia, valientes y fuertes, las que insisten en contarme lo que debo escribir y escribiré, ellas son mi inspiración y mi devoción. Mis amigas y amigos, de los libros, de las letras, de la vida, los presentes, los ausentes, aquellos que eché de menos porque querían estar y no pudieron, y aquellos que estuvieron y que me regalaban un abrazo a cambio de una firma, recibiendo el incalculable pago de verme en sus ojos, ahí es donde esta escritora entiende que quizás, ya va siendo hora de creérselo de verdad. Y a mis compañeros y compañeras de trabajo, que han compartido mi entusiasmo y me han facilitado tanto las cosas, a mi Jesús, el niño de mis ojos, a Enrique, porque junto a la lectura y la Filología, él también tiene su parte de culpa en este mi primer libro, aunque lleve cinco, de ese crecimiento literario y personal que todos perciben. A Miguel, que tanto me quiere, a mi padre y aquellos amigos de manos negras de tarni shield y trabajaderas, que siguen recorriendo los adoquines de mi Santa Catalina eterna, asomados a la ventana del Rinconcillo. Y a las valientes que han bordado la bandera de la libertad en sus balcones, y a mi abuelo, por tirarle garbanzos a mi abuela, por pasear del brazo una fría tarde sevillana y a mi barrio, por ofrecerme la posibilidad de escribir sobre él y subir a aquel tablao a verme donde ayer, me volví a ver cuarenta y un años después. Gracias a todos y a todas los que ayer me hicisteis inmensamente feliz colocándome en el firmamento entre Almudena Grandes y Elvira Lindo, como la estrella fugaz, la Patty Smith del Polígono de San Pablo, que aún se encuentra perpleja sobre el tablao con las dos mil pesetas en un sobre sin saber donde mirar y una placa donde aún a día de hoy le sigue recordando, que todo es susceptible de ser contado. 
Gracias.