jueves, 18 de enero de 2007

Antonio A. A.

Decía que era inevitable ser Macareno habiendo nacido en la calle Relator, siempre andaba por la Encarnación con su sahariana, el ABC bajo el brazo y un medio silbido tarareando "Francisco Alegre". Entendía de toros a la perfección por mas de cincuenta años como empleado de la Maestranza, y era tan sevillano y sabía tantas cosas de sus tradiciones que a su nieta, la cual estaba muy unida a él, no le quedó mas remedio que imitar.
No hay día que algo no me recuerde a él, especialmente hoy.

4 comentarios:

  1. Alguna vez has hablado sobre él en mi blog, debió ser un gran hombre y sin duda orgulloso de la nieta tan sevillana que le salió, tan sevillana que hasta tuvieron que ponerle el nombre de la Virgen.

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  2. Pues la verdad es que era un caballero, sabía muchas cosas de Sevilla .Siempre me llevaba de pequeña a ver el Corpus, a la plaza de Toros, a ver San Fernando, Dª María Coronel...
    Era especial, aún conservo sus cartas de amor a mi abuela que son toda una delicia.
    Estoy segura de que él tuvo mucho que ver en ser como soy.

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  3. Este escrito me ha recordado a uno de mis abuelos. Yo apenas tengo conciencia de él porque murió cuando yo tenia tres o cuatro años. Pero todo lo que me han contado de él, debió ser un hombre para haberlo conocido.
    Formó parte del Ateneo, de las pocas imagenes que recuerdo de él es precisamente sentado con su bastón en el Ateneo cuando estaba en la calle Tetuán.
    Era también gran aficionado taurino y de la Semana Santa, hermano de La Soledad de San Lorenzo.
    Tenía muchos amigos toreros, uno de los más cercanos era Rafael el Gallo, hermano de Joselito, del que me contó mi madre que todos años por el día de la Inmaculada se pasaba por su casa para despedirse de mi abuela porque desde el ocho de diciembre hasta el dos de febrero (día de la Candelaria) se metía en su casa y no salía para nada. Cosas de los toreros...

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  4. Los abuelos son, como los padres, únicos. Hay personas, como tal vez yo, que somos más nietos de nuestros abuelos que hijos de nuestros padres. Cuando somos pequeños nos recriminan que no tenemos edad para saber o para opinar. Tanto nos lo inculcan que acabamos dándonos cuenta de que es verdad: los abuelos saben más y nos hablan de un mundo que, por más lejano, es más interesante. Y las tradiciones transmitidas por ellos son más auténticas y arraigan con más fuerza. Esto, que tendrá sus excepciones, claro, es lo que parece haberte pasado a ti, Dama. Y también a mí.

    La anécdota que cuenta maese rancio de la hibernación del torero tiene mucha gracia.

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