sábado, 5 de octubre de 2019

Siete años

No recuerdo el día que nos conocimos, ha llovido mucho y en la Plaza Nueva ya no se coge el 17 que me llevaba al Polígono. Eran años de vespino, Tremendo, Gavidia, botella con butifarra en la Bañera o Tahona, cuánto me he reído contigo en la Tahona, o de bar Parada, mostrador de casa Mariano, la Viña o la baranda de Gol Sur en 1985, en donde colgamos ese Betis que a los dos nos tiene hilvanado el corazón con los cordones de las botas de Don Julio Cardeñosa y los pespuntes por la banda izquierda de Rafael.

No recuerdo cuando te conocí, pero si el día que creí que te perdía y sobre todo, aquel que volviste, cuando en aquella sala de hospital con el culo al aire le dijiste a tu madre, que Dios la tenga en su gloria, que ibas a casarte conmigo. Era octubre y Ella te dijo que te fueras, que todavía no te esperaba, mientras íbamos a verte para hablarte al oído del robo de los árbitros, de los goles que se marcaban y de los que no, que era casi siempre.

Hoy hace siete años que ya no me dolieron las pequeñas cosas que no iba a poder volver a vivir contigo; pisar a tu lado el césped de la calle ancha la Feria, ése donde tu juegas y que no te escucha pedir perdón por ser de la mejor, la mirada de la Virgen de las Aguas, aquella que cada Lunes Santo me devuelve a mi abuela Reyes, los Domingos de Ramos en el balcón de tu casa con la Amargura doblando la esquina de Conde Torrejón ante esas vistas al Parque Alcosa o el número 25677, fecha de la primera Copa de Su Majestad el Real Betis Balompié, en el cupón al que estás suscrito y que un día me regalaste, el cual conservo porque el mejor premio que lleva es tenerte.

Hoy hace siete años que me enseñaste la verdadera filosofía del Manquepierda, como manda el catecismo de los béticos de verdad, el que enseña que con tesón y humildad se vuelve a desfilar con el corazón en la garganta, en esa Roma sevillana de enagüeta, gandinga y rodelas, como miembro de la Guardia Pretoriana Hispalense en la reserva.

Mi amigo Carre hoy hace siete años que nació, a pesar de ser nazareno de cirio verde, con cincuenta años demostrando señorío macareno, de ese que se nota en los andares. Hoy hace siete años que volvió a los callejones de intramuros, a las cuentas de tiza de Vizcaíno y a la Legión Tercera de las veintiuna plumas de tu Capitán, y el que pueda, que empate.

Hoy hace siete años que tu corazón volvió a latir al ritmo de las cinco mariquillas que escoltan la Esperanza, la que nunca se pierde, cuando te quedaste a oscuras con una sola luz, “Ser macareno es saber que siempre queda una luz encendida cuando todas las luces se apagan”.

Son las cosas de la Virgen.

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