lunes, 3 de noviembre de 2014

Enrique y sus mandarinas

Enrique es un vendedor callejero de libros viejos, que clasifica los precios de sus obras por sus tapas, como en los bares. Según sea su encuadernación, así será su precio, que oscila del euro a los tres euros. Aplicando esa regla, una usadísima "Celestina" cuesta un euro, y una conocidísima, pero con delicado diseño, "La catedral del Mar", está a tres.
Enrique llega con su carrito de la compra cada mañana, y pone su puesto justo por donde yo paso con la bici y con él, y con su género, me obligo a detenerme, por su culpa y por culpa de tanto título imprescindible a tan asequible precio.
Ya somos amigos, ocurrió una mañana que me topé, de casualidad, con un libro descatalogado que buscaba por todos lados, de un autor argentino que incluso en Argentina, alguien que fue, y que bien me quiere, me localizó con dificultad y me trajo junto con la remera de Messi. Cuando le ví, viejo, usado, leído y medio olvidado, casi le doy un beso, al libro y a Enrique.
Era de tres euros, y no por la portada, sino porque se leía, muy abajo "Finalista del Premio Primavera de Novela" y eso, ya le revalorizaba su valor.
Le conté la de tiempo que llevaba tras él y él, pareció no darle importancia, alegrándose sinceramente y regalándome una sonrisa de azules ojos que iluminan aún más las luminosas mañanas en las que voy o vengo de la Facultad.
Me asegura que cada semana, cada jueves, renueva el tenderete, y cada jueves me paro, y echo un vistazo, sin bajarme de la bici. Ya me he llevado "Madame Bovary", "Narraciones Extraordinarias" de Poe, "Cumbres Borrascosas" y "El Camino", de Delibes, más que nada, por que me dolía enormemente que por tener las portadas viejas, estuviesen a un euro.
Hoy me paré de nuevo, para comprarle a un amigo un ejemplar de "Las Amistades Peligrosas" que ví de refilón. Enrique se comía gustosamente una mandarina, y me advertía que ese autor no le sonaba mucho. "Será nuevo o extranjero", decía.
Pierre Chorderlos de Laclos se estará riendo seguramente allá donde se encuentre, como me reí yo, y como se rió el mismo Enrique, iluminando toda la avenida y llenando la mañana de olor a mandarina y a hojas de libros viejos, a uno, dos y tres euros.
Ahora ya tengo dos ejemplares de un libro imposible de conseguir y un amigo que además, conoce a los autores mejor que muchos viandantes que ni siquiera, le conceden el privilegio de la mirada por encima. Pero ellos se lo pierden, nunca fue la buena literatura más asequible y accesible que con Enrique y sus mandarinas.

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