domingo, 7 de diciembre de 2014

Donde habite el olvido

Creo que la pena más terrible es la del olvido. Cuando hemos sido importantes, o hemos creído serlo, reconocer que todo era producto de una imaginaria realidad es muy doloroso. No encuentras explicación para tanta verdad vivida o sentida que ahora, resulta ser pura ojana. Ocurre con personas, lugares y situaciones, y cuando alguien, o algo, fue muy especial, el desencanto que produce es directamente proporcional, y se te cae el mundo al suelo. Otras veces ocurre cuando te encuentras con alguien, o con algo, y caes en la cuenta del dolor que causó su olvido.
Hace poco revisé viejas fotos, y me topé con una que me hizo sentir una inmensa pena. El momento de la foto era alegre, con gente feliz que se disponía a vivir una noche musical inolvidable, caras ahora inmensas en el olvido, y cuando reparé que nadie de la foto me recordaba, sentí la inmensa pena de la que antes hablaba. Cuando quieras reencontrarte con aquello que quisiste ser, o que creíste ser, no escuches viejas canciones con capacidad de transportarte en el tiempo, ni veas viejas fotos, ni leas dedicatorias sobre servilletas de papel o tickets de restaurante. No se que duele más, el desprecio de quien te olvida, o el mero hecho de ser olvido habiendo sido tanto recuerdo constante.
Mejor olvidar que ser olvidada, siempre. Una manera muy cómoda y egoísta de darle la razón a Cernuda.