sábado, 25 de febrero de 2023
Primer viernes de Cuaresma
jueves, 26 de enero de 2023
Xanadú
jueves, 29 de septiembre de 2022
Autodeclaración de amor en septiembre
martes, 23 de agosto de 2022
Las leyes de la frontera
sábado, 23 de julio de 2022
La prosa poética de Los Chichos
sábado, 11 de junio de 2022
La estrella fugaz
jueves, 21 de abril de 2022
El joven patrón
domingo, 6 de marzo de 2022
La peluquería
domingo, 12 de diciembre de 2021
Los ojos del prioste
Escribo esto con las manos llenas de tarni shield, que era el lenguaje que más conocía Alfonso y
mientras lo escribo enfilo la estrechez de Alhóndiga dejando a mi izquierda el Seis
cuarenta para asomarme a aquella casa donde una mesa de camilla nos recibía, y
mientras escribo me asomo a la ventana del Rinconcillo, fortaleza indestructible de vivencias bajo la guardia de coroneles, soldados de pavía y el vértigo de
los años que tantas veces han presenciado como se abría la puerta por donde
cada Jueves Santo se asoma mi Semana Santa. Y aunque Alfonso ya no esté permanecerá
en el tiempo detenido por las vísperas, aquel en el que observábamos con admiración
su maestría a la hora de levantar una cofradía subido en el paso, montando un
besamanos o un altar de quinario. Fueron y serán mis años irrepetibles,
protagonizados por gente inolvidable de alma morada y blanca que me enseñaron a
escuchar el sonido de los campaniles de los remates de los varales y el crujir
de las nueve trabajaderas cuando levantan el paso de quien mira las azoteas
tras la estrechez de Gerona, donde siempre me espero, donde siempre me encuentro, seguido de cinco lagrimas
que se derraman sobre candeleros de cristal que tan bien conocieron aquellas manos.
El manto de tisú, los respiraderos, los
ángeles de las esquinas con los instrumentos de la pasión o los de la Roldana
que custodian los dos caballos que galopan al ritmo que marca su capataz y los latidos del corazón de sus
costaleros.
Se nos ha ido Alfonso, uno de los que me enseñó a querer a aquella cofradía de cinturones de esparto y romántica melancolía de atardeceres y vencejos como si fuese parte de mi misma y uno de los que me inculcó el orgullo de ser parte de ella. Se marchó dejándonos su carisma, sus manos y su maestría envuelta en el eco de su risa serpenteando por los balcones y ventanas del barrio donde la torre mudéjar, la Santa con la espada y los ojos del plato componen la cofradía que se forma en mi corazón cada Jueves Santo, nómina de nazarenos desfilando bajo la azotea eterna de mi calle Gerona por donde no se borran los recuerdos tras abrir las puertas de una Santa Catalina que ya no será la misma sin él. Sentiremos la orfandad de su mirada cariñosa y aquella sonrisa socarrona que sigue despertando a los gatos que se asoman por las rejas de la esquina de Alhóndiga, donde el reloj de los antiguos juzgados se para cada Jueves Santo, donde el tiempo es eterno sobre sus adoquines, desde donde Alfonso siempre mirará la torre de su Santa Catalina, con los ojos orgullosos, como miran los priostes.
(Foto, Hermandad de la Exaltación)
martes, 24 de agosto de 2021
El maestro del balompié poliganero
Mi infancia son recuerdos de un patio con albero, parafraseando al poeta, de partidos de fútbol improvisados en la plazoleta, ese eje de mi corazón trazado entre la avenida de la Soleá, la fábrica de Cruzcampo, el Greco y el Oscus, con la portería en la tapia de la iglesia del Pilar donde los balonazos desesperaban al señor cura o lo que era peor, a su hermana, quien salía hecha una fiera perfectamente peinada, algo que siempre me llamó la atención, dispuesta a quedarse con el balón. A veces saltarse al colegio El Pilar o al San Pablo era la alternativa, para jugar en lo más parecido a un campo de verdad, que era lo suyo. Recuerdo un partido inolvidable, que organizaron y jugaron los de mi plazoleta y que se convirtió en todo un acontecimiento; un solteros contra casados que tenía reminiscencias de derbi con mucha gracia y más botellines. Se jugó una tarde de verano sobre aquel albero recalentado y baldeado, donde actualmente se levanta el Palacio de los Deportes San Pablo. Allí estaba el campo del Unidad, donde jugaban el Soleá, el San Pablo, o el Pilar, o mis amigos sin equipaciones de fútbol a la costumbre de hoy en día; aquel día jugaron con lo que tenían; sandalias, calcetines de hilo y bañadores. Ese campo y ese albero traen muchos recuerdos; todos los que me lean, con el paso del tiempo a sus espaldas, se habrán mirado los pies por si tenían los botines amarillos, el ir a verlos jugar es algo inevitablemente unido a mi adolescencia, a mi vida. Los vestuarios de aquel campo de la Unidad eran las puertas metálicas de un ascensor, con su ventana de cristal alargada; tenía su ambigú e incluso speaker, Joselito, que anunciaba a los comerciantes del barrio. Y allí fue donde conocí, donde conocimos, al Moreno, el alma mater del balompié poliganero, el maestro de fútbol de tantos de mis amigos los cuales crecieron con la deportividad, la amistad y la diversión unido a la solidaridad sin darse apenas cuenta. El hombre de la eterna sonrisa y la amabilidad se encargó de inculcarles dichos valores, una buena persona, entrañable y cariñosa que dejó media vida entre los banquillos del Unión deportiva Soleá y la otra media en los del San Pablo. Todos los del barrio guardamos un recuerdo del Moreno, con su pelo blanco peinado hacia atrás como un actor de cine, la sonrisa y la mano en el bolsillo trasero, sacando la cartera para mostrar un tesoro que conservaba plastificado; la fotografía de un jovencísimo Rafael Gordillo con el equipo que él entrenó y que enseñaba siempre, tanto a quien se lo pedía como a quien no, orgulloso de haberlo entrenado y en parte, descubierto, contribuyendo a moldear al futbolista sevillano más grande de todos los tiempos que llevó el nombre del Polígono cosido al vendaval de su zurda, unido a los valores de amistad y barrio, y curtido al albero de aquellos campos por donde Moreno, dejó tanta enseñanza y tanto corazón.
Hace días supe que nos había dejado, descanse en paz Moreno y allá donde esté, que el albero le sea leve.
sábado, 17 de julio de 2021
Un banco en la calle
viernes, 18 de junio de 2021
Historias inmunizadas
martes, 1 de junio de 2021
El luto de la Esperanza
Como la parte final de “Pasa la Macarena”, como intuirla, como cuando los ciriales asoman trayendo consigo la algarabía, como verla irse envuelta en su paso cadencioso, melancólico y majestuoso, como un Pathos macareno; ese uso de recursos o temas destinados a emocionar al lector que dejan serpenteando del corazón a la garganta las doscientas setenta páginas del libro que aún más, me ha estrechado los lazos con esa Macarena tan mía como del pueblo, como de todos los sevillanos. Guillermo Sánchez a través de su libro, “Y la Macarena se vistió de luto”, (Editorial El Paseo) el mismo que llegué a anhelar que no terminase, ha conseguido acercarnos esa Sevilla de ayer llena de tradiciones con una escritura valiente que agradezco, porque reivindica un sentimiento puro lejos de apropiaciones, egoísmos, privilegios y favoritismos, dejando clara en su narrativa que Ella es mucho más que todo eso, sabiendo discernir y definir con palabras esa Macarena del pueblo, de la calle, de los barrios y los palacios, la de los bares, las cocinas o las cunas de recién nacidos, la que llega, pasa y se va, pero que manera de quedarse, que diría el poeta, dejando en el aire un poso de orfandad, señorío y plenitud, mientras las golondrinas revolotean al amanecer por San Juan de la Palma.
Por sus páginas encontraremos la transformación que Juan
Manuel dio a la cofradía impregnándole su estilo, bordando palabras con hilo de
oro sobre terciopelo verde junto a las impresiones de Machado, Alberti, Lorca o
Chaves Nogales, cronistas de un tiempo sin tiempo cuando de escribir de la Macarena
se trata, por eso leer esta declaración de amor al porvenir, al devenir y al
ayer, me ha resultado emocionante y me ha inundado el espíritu de un sosiego
ensordecedor. Una obra magníficamente estructurada llena de referencias a
poetas, flamencos o vecinos del arrabal macareno, placeros y gente humilde que
compartían sentimiento con los reyes y las reinas, tanto quien la ignoró como
quien la llevaba en su nómina, paseando su nombre entre los volantes de su bata
de cola. Aquella Macarena que fue perseguida y escondida, la que durmió en la
cama de una vecina del barrio, la que incluso la misma Iglesia llegó a prohibir
su nombre es la misma que asoma por los renglones de cera verde que derrama la
pluma de Guillermo, la que baja del cielo al suelo cada dieciocho de diciembre
para que la cola se pierda por la calle Bécquer, la misma que llega cada
Viernes Santo con carita cansada, la misma que te pellizca el alma en la
torería de los primeros compases de la marcha del maestro Cebrián, la misma que
se asoma por las leyendas de toda una vida, las que se contaron de generación
en generación, las que han hecho de la Virgen de la Esperanza que sea en
rotundo, la Virgen de los sevillanos.
Guillermo nos cuenta que la Macarena tenía a Juan Manuel y a
Joselito y ambos se tenían para darnos a entender que a la Macarena se la ve
como a una madre y que como a una madre se la quiere y por ese matriarcado se
la viste de luto por la muerte de uno de sus hijos al que le lloró todo un
pueblo. Leyéndole, he podido verle torear, oír al Niño Gloria, a
Chacón, a la Niña de los Peines y sufrir como Señá Gabriela sentada en el
balcón, tarareando durante dos días la copla de Lola Flores, “la Gabriela vela,
vela, la Gabriela vela vá…” acordándome de mi abuelo cuando la canturreaba, un
macareno más nacido en la calle Parras que despachaba en una tienda de
ultramarinos de la calle Amargura. Ahí está la Macarena, en los mostradores, en
los retablos de cerámica y en las cinco lágrimas donde va toda la sal de los mares,
que pregonaría Rafa Serna desde el atril de la gloria, o en la pluma de Muñoz y
Pabón, quien defendió que a Joselito se le hiciesen funerales en la Catedral pasando
por encima de quienes solo veían la ridícula discriminación de ver únicamente a un gitano que además, fue el Rey de los toreros. Y está en la panadería de José
Díaz, donde cuentan que había una foto de Lenin y otra de la Virgen de la
Esperanza y en las mujeres macarenas, las de aquí a la eternidad, las que
lloraban a sus plantas pidiéndole por sus hijos durante la guerra incivil. Un
recorrido cronológico por un sentimiento que vas más allá de lo conocido, de lo
habitual; la explicación a por qué Ella
es el origen, el fin, los medios y el todo, el eje de la Semana Santa
sevillana, el latir de esta ciudad en el cimbreo de las mariquillas a
intramuros, a extramuros o en la gloria universal que abarca la devoción a la
Esperanza Macarena.
Escrito cronológicamente, arranca la historia en el último
tercio del siglo diecinueve, con Juan Manuel Rodríguez Ojeda, diseñador,
innovador y creador de un estilo único, dándole sentido al adjetivo camaronero de su manto. Por su lectura asoma
Blasco Ibáñez, Sisi emperatriz o Federico García Lorca, con aquella definición
soberbia que de Manuel Torre hizo; el hombre con más cultura en la sangre que
había conocido, aquella voz que hizo llorar a Eduardo Miura por segunda vez
al oírle cantar una saeta al Señor de la Sentencia desde el balcón de su casa, pasando
por cantaores y cantaoras de casta que supieron rezarle a la Esperanza desde
los adentros, Ésa que en una medalla abollada, salvaguardó el corazón valiente
de un torero poniéndole paradójicamente sobre su pecho el latido del corazón de toda una ciudad que llora y ríe con Ella.
Maravillosa la coda final de ese capítulo; “en
los tiempos de Joselito, la Esperanza era muy necesaria…”
Alguna lágrima se ha quedado entre las páginas tras haber
leído con los ojos y con el corazón como por sus letras pasaban bordadores,
toreros, cantaores, cupletistas, armaos, orfebres y poetas del
bordado y de la pluma, la brisa que quema
y no arde de Juan Sierra y la voz de Miguel Loreto asomándose por entre las
trabajaderas del cielo. Soleares, saetas, alamares, tisú y el pueblo
concentrado en una foto en blanco y negro inundando una Resolana como si no
hubiesen pasado los años. A la que le cantaron todas las voces, la pintaron
todos los pinceles, aquella que se ve reflejada en los ojos de sus macarenos,
los de la alfombra de plumas blancas, la de los viejos adoquines de la calle
Feria, los cabeceros de las camas de los hospitales o la sonoridad de su nombre,
Macarena, escuchado tantas veces y ahora leído con el lado macareno de mi corazón en este magnífico libro que me ha hecho llorar y sentir más que nunca,
el sentido intrínseco de la Esperanza.
martes, 13 de abril de 2021
En cada lágrima
sábado, 10 de abril de 2021
El pluriempleo
viernes, 13 de noviembre de 2020
Historias Sonoras, el vecino del tercero
viernes, 23 de octubre de 2020
La Cruz de Guía
Existe una época inolvidable y única, entre mi niñez y la
adolescencia, que se asoma por la ojiva de Santa
Catalina. Los que me conocen saben que la sangre morada que me corre por la
arteria de la calle Gerona va en dirección a mi corazón, que vive en ese
barrio, aunque resida en otro sitio. La culpa de ello la tienen tantos momentos
vividos con quienes han protagonizado los mejores años de quien os escribe con las uñas aún llenas de tarni shield. Inolvidables fueron aquellos años observando
con respeto, como se levantaba una cofradía entre pan de Amalia, papas fritas
de San Román e interminables penúltimas en el Cangrejo o en Los Claveles, incógnita
que se despejaba casi siempre, en la geométrica azulejería del Tremendo. Inmensos
fueron aquellos años de verdadera confraternidad entre besamanos, besapiés y
algún que otro desafortunado partido de futbol, años que no volverán porque son
irrepetibles aunque muchos de los que los hicieron posible, aún sigan regalándome
el privilegio de compartir con ellos la mirada de quien se enfrenta a la
estrechez de sus calles sobre las siete trabajaderas y las lágrimas derramadas
sobre la candelería de cristal envuelta en manto de tisú. Se nos ha ido uno de
aquellos que lo convirtieron en inolvidable, dueño de aquellos pasos sobre los
adoquines del barrio que lleva el nombre de su cofradía portando la cruz de guía, anunciándonos que venían galopando dos caballos a lomos de sus costaleros. Una
cruz de Guía que durante veinte años oyó a lo lejos la voz del capataz, después de
oírla de cerca otros veinte años más agarrado a la pata derecha, tras otros tantos más como auxiliar en el
martillo de Pepe Luque. Se nos marcha dejando un apellido intrínseco a una
cofradía y el eco de su voz y de su risa serpenteando por los balcones y
ventanas del barrio donde la torre mudéjar, la Santa con la espada y los ojos
del plato comulgan con la historia escrita en la barra del Rinconcillo, donde
todo quedó dicho tantas veces. Todo ello es mi cofradía, formada por gente inolvidable,
por antifaces morados, cinturones de esparto, retranqueos, ensayos o vivencias, como aquella comida de costaleros donde tanto nos reímos a costa de unos
garbanzos. Es algo inexorable que forma
parte de mí, por ello, cuando vuelvan los caballos a trotar por la estrechez de Gerona,
con sus hombres valientes portando sus cuatro siglos de historia, sentiré que me
falta algo cuando la cruz de guía se detenga y no me encuentre con la sonrisa adivinándose
bajo el antifaz de Ignacio Yebra, abriendo un año más, y para siempre, otro Jueves Santo.















