sábado, 25 de febrero de 2023

Primer viernes de Cuaresma

Primer viernes de Cuaresma, minutos antes de las siete de la tarde. Por lontananza, recortaba la moderna silueta de las setas un atardecer machadiano, entre la florentina torre del palacio de Laraña, las azoteas y olor a un incienso esperanzador que serpenteaba por entre los veladores del pasaje de Imagen. Por San Pedro siguen buscando el pajarito mientras mis pies me conducen inevitablemente a las calles de mi misma, a donde siempre me dirijo. Aún no apetece un helado del Rayas, aunque ya haya quien los consuma  y sí lo que desde la seductora vitrina de la cafetería los Angeles se ofrece, las primeras torrijas perfectamente alineadas que sugerentes, anuncian que esto, ya está aquí. El Tremendo aún cerrado, la librería Reguera aún abierta, contradicciones de una fugacidad que disfraza un futuro cierto y de frente, tocado con sombrero y la elegancia que le caracteriza desde que le conozco, quien comparte conmigo el "catalanismo cofrade", ya que de Santa Catalina a San Juan de la Palma, nuestra brújula marca los mismos puntos cardinales, el norte y el sur de la calle Gerona. Educado en sus modos, elegante y de una conversación exquisita, como siempre, por entre la bifurcación Tremendo y Amalia, nos alegramos de vernos con dos besos ante la ojiva de nuestra Santa Catalina, que nos ofrecía gente que entraba y salía al unísono de unos recuerdos que afloraban desde la tienda de fotografía, la platería, el 6.40 o el olor a pescado frito que aromatizó la calle justo en el mismo sitio donde ahora lo hace curiosamente, la propia perfumería Aromas. Y la Hermandad, nuestra Hermandad, su transformación, su estilo decadente, su belleza y ese romanticismo que la hace única, su personalidad y su estilo, mientras fluía ese placer al hablar de cofradías y ese decálogo del cofrade que secretamente, defendemos; costaleros demasiado presumidos, selfies, exornos florales desafortunados, marchas reguetoneras y otras hierbas. Y por qué no, cayó la torrija perfectamente alineada, la primera, con la que incluso brindamos por esta Cuaresma que me empieza de la mejor manera, sorprendiéndome hablando de cofradías con una de las personas con las que más he disfrutado hablando de cofradías, valga la redundancia. Nos despedimos sabiendo que nos volveríamos a encontrar, brújula en mano, mientras las campanas de la torre mudéjar se preparaban para anunciar la misa y la Virgen de hebrea aguardaba en el sagrario el gozo de los días grandes que se adivinan, de repente, entre los atardeceres machadianos y el seductor escaparate de una pastelería de ese primer viernes de Cuaresma, minutos antes de las ocho de la tarde. 




jueves, 26 de enero de 2023

Xanadú



Mi infancia son recuerdos de un callejón de Sevilla por donde Amalia vendía pan con su habitual simpatía, su marido atendía a los camiones que teñían de blanco la acera al descargar los sacos de harina de Alcalá, el llorado emparedado argentino, el matambre, se deshacía en la plancha del Cangrejo y las hermanas servían la mejor cerveza de Sevilla perfectamente peinadas, armonía capilar a juego con la geometría de los azulejos de su local. En la esquina de la panadería, la cartelera del cine Apolo, atestada de carteles sobreexpuestos, anunciaba los éxitos de la época. Yo quería ver Xanadú, pero mi madre me decía que era de mayores aunque yo siguiera viendo a la inocente Sandy de Grease convertida en musa discotequera. En el lateral de la librería Reguera se asomaban títulos desconocidos y portadas seductoras, yo pegaba la cara con curiosidad; por aquel entonces mi mundo literario se centraba en Mortadelo y Filemón y las primeras lecturas serias del colegio; el Licenciado Vidriera, Maese Pérez el Organista o La tesis de Nancy, así como un diario en el que solo escribía lo que era verdaderamente importante para mis diez años, que mi madre no me dejaba ir a ver Xanadú. Han pasado los años y ese diario ha seguido acompañándome, y me he fijado siempre en el escaparate lateral de la librería Reguera tras salir del templo con la misma geometría azulejera, aunque el mostrador ya esté incompleto y la calle ni huela a matambre, ni la blanquee el pan de Alcalá, ni haya cartelera de cine porque no hay cine, ahora soy yo la que se asoma al escaparte de la librería con una de esas portadas seductoras con títulos exóticos, con mi nombre como el mejor de los regalos del destino. Podré escribir en mi diario que me asomé al escaparate de la librería Reguera para sentirme definitivamente escritora y que cuarenta años después, sigo sin haber visto Xanadú.









jueves, 29 de septiembre de 2022

Autodeclaración de amor en septiembre


Cuando tenía nueve años mi madre me llevó a ver Grease a un cine que ahora es un supermercado. Tanto me gustó que tuvimos que quedarnos al segundo pase y desde entonces, soy la que soy gracias a quienes me dejaron ser como soy. Innumerables son las veces que la he visto y aunque reconozco que no es una gran película, es la película de mi vida. Y de películas y de mi vida vengo a esta mi azotea, a tenderme al sol de mi misma para contar que a mí también me recogió el coche rojo reluciente y que también desde el asiento del copiloto le dije adiós a muchas de las cosas que estaban esperando ese momento tan ansiado, el de ir ligera de equipaje, como los hijos de la mar. Aquella caja de cartón donde me metía de niña se convirtió en una realidad ante notario, pude certificar y demostrarme a mi misma de lo que soy capaz con tesón y corazón, que es algo especialmente gratificante. Y ante notario, en aquella mesa redonda, rodeada de libros que no decían nada, con el don por delante hablamos de "Galdios", mientras el mundo que dejaba atrás se iba quedando pequeño escuchándome hablar sin pronunciar una palabra. Y pequeña me sentí ante la grandeza de Patti Smith en una noche que llevaré cosida a mi alma por siempre jamás, a quien tanto me gustaría parecerme, como mujer, como escritora o como madre; miraba a su hijo tocar la guitarra como solo miraba Tomatito a Camarón de la Isla, o como yo miro a los míos a pesar de que nunca me vean. Hay quien mucho me quiere y me dice que soy la Patti Smith del Polígono de San Pablo, que es un generoso halagador piropo y yo, me miro al espejo buscándola y solo veo a la niña que se encerraba en una caja de lavadora y soñaba con tener unos pantalones de brillo como los de Olivia Newton John, que Dios la tenga en su gloria. Ahora ese reflejo me devuelve por fin, a la mujer que quise ser, la persona libre que me propuse y a la que la vida le está sonriendo entre dientes, anárquica e incombustible, y a la que a lo mejor las canas de Patti no le sentarían del todo mal. 
Y aquí queda esta autodeclaración de amor en toda regla mientras septiembre me ofrece además, la luz más bonita del año.



martes, 23 de agosto de 2022

Las leyes de la frontera


Temporalmente, he disfrutado de una fugaz vida monárquica donde solo he podido leer, pasear y oír música y una vez finalizada esta efímera impostura de mi brazo derecho, quiero compartir lo que me ha provocado el último libro que he terminado; "Las leyes de la frontera" de Javier Cercas.
Conozco a este autor por la magistral novela "Soldados de Salamina", conservo en la mente al soldado Miralles bailando bajo la lluvia el pasodoble "Suspiros de España" con los ojos cerrados, agarrando el fusil como guardo las mariposas amarillas de Meme y Mauricio, en "Cien años de soledad" o el calor sofocante del Sr. Meursault, el extranjero de Albert Camus, un buen libro es un buen libro cuando este tipo de pasajes los haces tuyos, como si de vivencias propias se tratasen. 
Estamos en la España de 1978, entre el Franquismo y la Democracia como primera de las fronteras a las que su título alude; Ignacio Cañas es un chaval de dieciséis años de clase media, buen estudiante y algo tímido que sufre un severo acoso escolar. Busca refugio en los recreativos del barrio y encuentra el de Zarco y Tere, dos delincuentes que acaban acogiéndolo en su banda bautizándolo como "Gafitas". El barrio chino de Gerona y el bar "La Font" como personajes y testigos del primero de esos pasos fronterizos y en un mes, el niño tímido humillado por sus compañeros de colegio atraca una vivienda de una urbanización de la costa con su Seat 124 puenteado y todo. A partir de ese día, este chaval hijo de trabajadores deja a su familia ante el telediario para cruzar la frontera constantemente, algo que no dejará de hacer en las casi cuatrocientas páginas de la novela, entre modernos bloques de pisos y albergues con fango y ratas, entre catalanes y charnegos, entre marginalidad y burguesía. La frontera marca y delimita, los amigos son enemigos, la justicia es la calle y viceversa y treinta años después, con la vida vivida de distinta manera para todos, un escritor decide contar la vida del Zarco ya convertido en mito de la delincuencia juvenil cantada y televisada, como un Torete o un Vaquilla, ilustres nombres del universo quinqui. He leído con admiración esta historia compleja, bien construida y muy bien escrita, contada casi como una entrevista, pero sin alma; he echado en falta la  marginalidad de Luis Martín Santos o ese punto sórdido de Juan Marsé, será que soy una niña de barrio y esos escenarios los llevo dentro, como vivencias propias, o que lo que cantaban Los Chichos ya se escribe con lenguaje periodístico. 

sábado, 23 de julio de 2022

La prosa poética de Los Chichos


A mí me gustan Los Chichos, igual que Pink Floyd o igual que Serrat, soy musicalmente ambivalente pero para lo que quiero contar ese detalle es irrelevante. Yo tenía intención de asomarme por aquí para contar el surrealista encuentro que he tenido esta mañana con unos ejemplares de los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós, un contenedor de basura y uno de esos hombres desdentados de mirada vacía que me reclamaba el derecho de pertenencia sin posibilidad alguna de negociación, ¿Quién dice que son malos tiempos para la lírica?. Me acordé de esos mismos hombres apoyados en las esquinas de mi barrio, que no se peleaban precisamente por un libro pero sí me dejaron en el alma una lista de canciones a las que nada más llegué a mi casa, di rienda suelta inevitablemente. Y mientras el amor pecador se apoderaba de mi, se me ocurrió compartir una de sus frases antológicas para ver hasta donde llegaba la onda expansiva del ilustre movimiento cani; la reacción ha sido la esperada, es para muchos, todo un signo de identidad. Que un profesor de Universidad los adule, es sinónimo de que Los Chichos han pasado por nuestras vidas dejando poso, que es de lo que se trata cuando hablamos de los genios. Estilismos únicos; pajarita y smoking, pantalón de pata ancha, camisa de anchos cuellos y pelos setentones ante una puesta en escena característica, pese a la desafortunada mención de la cancioncita de Estopa; una voz central flanqueada por dos torres poderosas, como piezas de ajedrez. Sus letras hoy día imposibles, hablaban de lo que se hablaba en aquella época, una especie de sexo, droga y rock and roll dentro del maletero de un Seat 127, un peine en el bolsillo y paquete de tabaco escondido en la manga de la camiseta, de unas mujeres tan insignificantes como imprescindibles a la vez que sufridas y de esas rejas de la cárcel que han hecho más por la libertad musical de mis oídos que nadie, pura prosa poética. 
Soy, orgullosamente, una niña de barrio que creció con Los Chichos. Me crié en una plazoleta del Polígono de San Pablo en los difíciles primeros ochenta, cuando la heroína hacía estragos y cuando tener unos Yumas, un Opel Kadett o una Puch Cobra era un nivel, Los que daban al play en aquellos radio casettes incómodos y pesados, no eran conscientes de que por ahí se escapaba la música más auténtica que marcó a toda una generación; "Yo seré tu caballero, tu serás la dama mía...", sonaba por el ovni, la tapia, el puesto de chucherías de Mariano o los bancos verdes, donde aquella mujer cruel se convirtió en pura alquimia; con los primeros compases retrocedo y me veo a mi misma aquel verano de 1981 de sequía y restricciones de agua. Y de tiempos difíciles, esta vez de covid, sin querer herir ni ofender a nadie porque lo hemos pasado muy mal, el mero hecho de oír a alguien decir "tengo fiebre" desataba en mi cabeza automáticamente la continuación, "estoy enamorado, de un amor prohibido, quisiera olvidarla". 
Un motivo más que agradecerle a Don Benito Pérez Galdós, quien me ha inspirado en parte este post, desencadenando una cascada de impresiones en Twitter que en definitiva certifican lo que dice un buen amigo; Los Chichos, son otro rollo.



sábado, 11 de junio de 2022

La estrella fugaz


Aún recuerdo la cara de mi madre, no por el premio recibido, sino porque no dije que había sido la ganadora de aquel concurso de redacción sobre mi barrio, dentro de uno de los actos que se organizaban en aquellas memorables velás de mi infancia. Al oír mi nombre en voz de aquel vecino desacostumbrado a hablar por el micrófono y verme subir las escalerillas improvisadas al tablao rodeado de la bandera de Andalucía y la cruz de mayo al fondo, situado de muy mala manera encima de un arriate sobre la tapia que delimitaba mi plazoleta de la Asociación de Vecinos Unidad. Aquel vecino presentador me recibió entre un mar aplausos sobre sillas de caseta de feria entregándome la placa y un sobre con dos mil pesetas. En breve se cumplirán cuarenta y un años de aquel día, y aunque la Asociación ya no organice velás ni el vecino presentador siga entre nosotros e incluso hayan desaparecido las pesetas, aún sigo sintiendo esa misma emoción con las que subí aquellas improvisadas escaleras de acceso a aquel tablao. Ayer, en la librería Verbo, la niña de la placa y las dos mil pesetas, le contó a los que con los ojos orgullosos, emocionados, expectantes y curiosos, qué me había pasado para convertirme en escritora. A mi derecha, quien me puso delante el espejo de mi misma y a mi izquierda, quien lo hizo posible; mi editor que siempre creyó en mi y mi mentor, entre los dos me hilvanaron con elogios el traje de escritora a la medida. Unas filólogas defensoras y embajadoras de la palabra, desarmadas sin abanico flanqueaban a las mujeres de mi familia, valientes y fuertes, las que insisten en contarme lo que debo escribir y escribiré, ellas son mi inspiración y mi devoción. Mis amigas y amigos, de los libros, de las letras, de la vida, los presentes, los ausentes, aquellos que eché de menos porque querían estar y no pudieron, y aquellos que estuvieron y que me regalaban un abrazo a cambio de una firma, recibiendo el incalculable pago de verme en sus ojos, ahí es donde esta escritora entiende que quizás, ya va siendo hora de creérselo de verdad. Y a mis compañeros y compañeras de trabajo, que han compartido mi entusiasmo y me han facilitado tanto las cosas, a mi Jesús, el niño de mis ojos, a Enrique, porque junto a la lectura y la Filología, él también tiene su parte de culpa en este mi primer libro, aunque lleve cinco, de ese crecimiento literario y personal que todos perciben. A Miguel, que tanto me quiere, a mi padre y aquellos amigos de manos negras de tarni shield y trabajaderas, que siguen recorriendo los adoquines de mi Santa Catalina eterna, asomados a la ventana del Rinconcillo. Y a las valientes que han bordado la bandera de la libertad en sus balcones, y a mi abuelo, por tirarle garbanzos a mi abuela, por pasear del brazo una fría tarde sevillana y a mi barrio, por ofrecerme la posibilidad de escribir sobre él y subir a aquel tablao a verme donde ayer, me volví a ver cuarenta y un años después. Gracias a todos y a todas los que ayer me hicisteis inmensamente feliz colocándome en el firmamento entre Almudena Grandes y Elvira Lindo, como la estrella fugaz, la Patty Smith del Polígono de San Pablo, que aún se encuentra perpleja sobre el tablao con las dos mil pesetas en un sobre sin saber donde mirar y una placa donde aún a día de hoy le sigue recordando, que todo es susceptible de ser contado. 
Gracias.










jueves, 21 de abril de 2022

El joven patrón



Esta semana santa añorada, que tan reciente nos queda y tan lejana a la vez, que tan rápida ha pasado, tan fugaz y tan efímera, dejándonos contrastes de sol, nubes, faldones levantados y pétalos de rosa muriendo en los husillos, se ha marchado dejándome varias instantáneas que encierran esa Semana Santa íntima que tanto me gusta. El tiempo sin tiempo del niño que diría Cernuda, el tiempo del niño que creció oyendo crujir las trabajaderas mirando el perfil de su padre fijar la mirada a los pies de la cruz, oyendo su voz tras el martillo, mandando a sus costaleros. Esas cosas se aprenden aunque uno no quiera aprenderlas. Las levantás por este, por aquel, por el de más allá, al cielo; las broncas, las calles mal puestas, las emociones, las mudás, los relevos, los retranqueos y la voz ronca del capataz llamando, los tres golpes del llamador y el respetuoso silencio que inexorablemente va unido; silencio y respeto.
Y aunque apenas le conozca, solo necesité verle un día de lluvia solventando la dificultad de meter una cofradía en casa ajena; la cosa meteorológica se complicaba, los paraguas  empezaban a sustituir a los capirotes y el capataz que estrenaba traje negro ante un martillo que solo conocía la mano de su padre, se vio en la difícil tesitura de comandar un galeón sobre un mar de adoquines. La cara de su padre, experto marinero de encinares, cuando las nubes dieron una tregua virando la nave a alta mar para que el joven patrón de barco la condujese a puerto, era la del amor del padre orgulloso y seguro de haber creado escuela. Cuarenta y cuatro marineros valientes le dieron el respaldo necesario y quien escribe, el reconocimiento que merecen los ojos agradecidos que miran a los que miran con el corazón bajo las trabajaderas y que palpan la emoción del trabajo bien hecho y del orgullo de haber creado una buena estirpe de patrones. 

Felicidades, capataz.











domingo, 6 de marzo de 2022

La peluquería

El otro día fuí a la peluquería, todo un hecho extraordinario. Soy defensora de la teoría de la insigne Doña Emilia Pardo Bazán cuando decía aquello de "no me gusta vivir esclava de los moños, me arreglo lo posible, todo lo que cabe sin derrochar un tiempo que debo dedicar a cosas mejores".
. Para una mujer como yo, que soy la excepción que confirma la regla, las peluquerías son un espacio al que acudir cuando la situación se convierte en algo estrictamente necesario, casi de urgencia, como un juzgado de guardia y me ha costado dar con el sitio idóneo. Y la he encontrado tras muchos intentos desesperados, escondida entre naves industriales y oficinas en un barrio obrero, tras la recomendación de una compañera de trabajo que acudía con frecuencia y que me alentaba a ir al ser un lugar "diferente", mi melena crecía directamente proporcional a mi pasotismo convirtiéndome cada vez más en una mezcla entre Janis Joplin y la madre de Carrie, y por esas cosas de que de vez en cuando hay que dedicarse un poquito de por favor decidí seguir su consejo. Parto de la base de que no me peino, salvo cuando me desenredo al lavarme la cabeza, que no uso afeites extraños, ni mechas, ni lacas, que los olores a perfume me provocan dolor de cabeza, que ni siquiera tengo una gomilla a mano, ni uso mascarilla porque se me baja la tensión y que mis rizos ligeros y domesticables, se adaptan a mi anarquía capilar comportándose con lealtad y respetando mi libertad absoluta. Y en el empeño por encontrar mi Locus Amoenus capilar, he frecuentado peluquerías donde la peluquera no callaba, ni las clientas, donde para leer me daban una revista con gente vacía que muestra sus vidas falsas y que cuentan historias que no me interesan, donde me dejaron para ir a una boda que no me parecía en nada a mi misma y donde como gesto de generosidad suprema, me maquillaron por el mismo precio del arreglo, dejándome como Madame Buterfly, algo que la calle y el pañuelo de papel enmendaron instantáneamente. Quienes me conocen saben que con el tiempo y los años, cada vez soporto menos el ir de compras, que cuando me he pintado las uñas los dedos me pesan toneladas y que las canas me obligan a comprar un tinte castaño claro cada veinticinco días con la tiranía que ello conlleva, incluido el hecho irrevocable de tener que ir por él al Mercadona, aunque cada vez tenga más a mi favor la meta final de convertirme en una abuela a lo Patty Smith. Y eso que he conocido a maestras del tinte y la peluquería, mi madre y mi amiga Elena, con paciencia, pasión, toalla sobre los hombros, brochitas, peines, pinzas, planchas, rulos y todo tipo de elementos que facilitan la labor sobremanera. De Elena precisamente me acordé en la peluquería que inspiró este texto, porque verme en el espejo es verla a ella de alguna manera, tachando una equis en su tablero de victorias en su guerra personal contra mi defensa pardobazaniana, pero allí no había revistas y la peluquera me cortaba mis rizos ligeros y domesticables, fieles y leales, mientras me hablaba de fútbol, ante la atenta mirada de Frida Kahlo que desde un cuadro, observaba la escena con la voz amarga de Billie Holiday sonando de fondo. 
Por supuesto salí con el pelo mojado y sin peinarme, esa será la próxima meta y quien sabe, si la victoria definitiva.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Los ojos del prioste

En el circuito pasional de mi misma, existe un cruce de caminos infranqueable situado entre las calles que aunque no me han visto nacer, me han moldeado y han protagonizado las vivencias de una época única. En la confluencia de Gerona, Bustos Tavera, Sol y Alhóndiga mi corazón permanece desde niña, asomado a la ojiva de Santa Catalina. De ese barrio somos, vecinos de sus calles aunque residamos en otro sitio. A Alfonso le ocurría lo mismo que a mí, era vecino del Polígono de San Pablo pero residente en el vulgo de Santa Catalina, donde sus ojos tantas veces se quedaron mirando orgullosos, como miran los priostes. La candelería del paso de palio recogerá la cera de su ausencia el próximo Jueves Santo cuando los adoquines anuncien con la Cruz de Guía, pasos sobre sandalias devolviéndonos tantos recuerdos que se quedaron en cuentas de tiza sobre las barras de El Cangrejo o el Tremendo, serpenteantes por los callejones de Feijoo y San Felipe, por donde aún huele a la harina de Alcalá de la panadería de Amalia.

Escribo esto con las manos llenas de tarni shield, que era el lenguaje que más conocía Alfonso y mientras lo escribo enfilo la estrechez de Alhóndiga dejando a mi izquierda el Seis cuarenta para asomarme a aquella casa donde una mesa de camilla nos recibía, y mientras escribo me asomo a la ventana del Rinconcillo, fortaleza indestructible de vivencias bajo la guardia de coroneles, soldados de pavía y el vértigo de los años que tantas veces han presenciado como se abría la puerta por donde cada Jueves Santo se asoma mi Semana Santa. Y aunque Alfonso ya no esté permanecerá en el tiempo detenido por las vísperas, aquel en el que observábamos con admiración su maestría a la hora de levantar una cofradía subido en el paso, montando un besamanos o un altar de quinario. Fueron y serán mis años irrepetibles, protagonizados por gente inolvidable de alma morada y blanca que me enseñaron a escuchar el sonido de los campaniles de los remates de los varales y el crujir de las nueve trabajaderas cuando levantan el paso de quien mira las azoteas tras la estrechez de Gerona, donde siempre me espero, donde siempre me encuentro, seguido de cinco lagrimas que se derraman sobre candeleros de cristal que tan bien conocieron aquellas manos. El manto de tisú,  los respiraderos, los ángeles de las esquinas con los instrumentos de la pasión o los de la Roldana que custodian los dos caballos que galopan al ritmo que marca su capataz y los latidos del corazón de sus costaleros.

Se nos ha ido Alfonso, uno de los que me enseñó a querer a aquella cofradía de cinturones de esparto y romántica melancolía de atardeceres y vencejos como si fuese parte de mi misma y uno de los que me inculcó el orgullo de ser parte de ella. Se marchó dejándonos  su carisma, sus manos y su maestría envuelta en el eco de su risa serpenteando por los balcones y ventanas del barrio donde la torre mudéjar, la Santa con la espada y los ojos del plato componen la cofradía que se forma en mi corazón cada Jueves Santo, nómina de nazarenos desfilando bajo la azotea eterna de mi calle Gerona por donde no se borran los recuerdos tras abrir las puertas de una Santa Catalina que ya no será la misma sin él. Sentiremos la orfandad de su mirada cariñosa y aquella sonrisa socarrona que sigue despertando a los gatos que se asoman por las rejas de la esquina de Alhóndiga, donde el reloj de los antiguos juzgados se para cada Jueves Santo, donde el tiempo es eterno sobre sus adoquines, desde donde Alfonso siempre mirará la torre de su Santa Catalina, con los ojos orgullosos, como miran los priostes.

(Foto, Hermandad de la Exaltación)



martes, 24 de agosto de 2021

El maestro del balompié poliganero

Mi infancia son recuerdos de un patio con albero, parafraseando al poeta, de partidos de fútbol improvisados en la plazoleta, ese eje de mi corazón trazado entre la avenida de la Soleá, la fábrica de Cruzcampo, el Greco y el Oscus, con la portería en la tapia de la iglesia del Pilar donde los balonazos desesperaban al señor cura o lo que era peor, a su hermana, quien salía hecha una fiera perfectamente peinada,  algo que siempre me llamó la atención, dispuesta a quedarse con el balón.  A veces saltarse al colegio El Pilar o al San Pablo era la alternativa, para jugar en lo más parecido a un campo de verdad, que era lo suyo. Recuerdo un partido inolvidable, que organizaron y jugaron los de mi plazoleta y que se convirtió en todo un acontecimiento; un solteros contra casados que tenía reminiscencias de derbi con mucha gracia y más botellines. Se jugó una tarde de verano sobre aquel albero recalentado y baldeado, donde actualmente se levanta el Palacio de los Deportes San Pablo. Allí estaba el campo del Unidad, donde jugaban el Soleá, el San Pablo, o el Pilar, o mis amigos sin equipaciones de fútbol a la costumbre de hoy en día; aquel día jugaron con lo que tenían; sandalias, calcetines de hilo y bañadores. Ese campo y ese albero traen muchos recuerdos; todos los que me lean, con el paso del tiempo a sus espaldas, se habrán mirado los pies por si tenían los botines amarillos, el ir a verlos jugar es algo inevitablemente unido a mi adolescencia, a mi vida. Los vestuarios de aquel campo de la Unidad eran las puertas metálicas de un ascensor, con su ventana de cristal alargada; tenía su ambigú e incluso speaker, Joselito, que anunciaba a los comerciantes del barrio. Y allí fue donde conocí, donde conocimos, al Moreno, el alma mater del balompié poliganero, el maestro de fútbol de tantos de mis amigos los cuales crecieron con la deportividad, la amistad y la diversión unido a la solidaridad sin darse apenas cuenta. El hombre de la eterna sonrisa y la amabilidad se encargó de inculcarles dichos valores, una buena persona, entrañable y cariñosa que dejó media vida entre los banquillos del Unión deportiva Soleá y la otra media en los del San Pablo. Todos los del barrio guardamos un recuerdo del Moreno, con su pelo blanco peinado hacia atrás como un actor de cine, la sonrisa y la mano en el bolsillo trasero, sacando la cartera para mostrar un tesoro que conservaba plastificado; la fotografía de un jovencísimo Rafael Gordillo con el equipo que él entrenó y que enseñaba siempre, tanto a quien se lo pedía como a quien no, orgulloso de haberlo entrenado y en parte, descubierto, contribuyendo a moldear al futbolista sevillano más grande de todos los tiempos que llevó el nombre del Polígono cosido al vendaval de su zurda, unido a los valores de amistad y barrio, y curtido al albero de aquellos campos por donde Moreno, dejó tanta enseñanza y tanto corazón.

Hace días supe que nos había dejado, descanse en paz Moreno y allá donde esté, que el albero le sea leve.



sábado, 17 de julio de 2021

Un banco en la calle

¿Qué te vas a poner? cuando salir por el barrio para ir a ver las carteleras del cine de verano o comprar un fortuna suelto en el kiosko con un chicle de menta para evitar el olor, era la mejor de las opciones. En aquella época, tener unos vaqueros "Lee" apretados, de esos que había que abrocharlos tumbada en la cama, era un signo de poder incuestionable; quince, dieciséis años y toda la vida por delante mientras el agua con azúcar fijaba el pelo para que tu te parecieses a CC Catch y yo, a la cantante de Vídeo, la de la noche no es para mí, no para miiiii. Aquellos eran años de recogernos las unas a las otras por distintos portales del barrio, para ir todas juntas al mismo banco de la plazoleta donde estaban los mismos y donde hacíamos las mismas cosas, gente que ha pasado por nuestra vida para bien o para mal, que han determinado en parte nuestros pasos permitiéndonos que al menos, nosotras hayamos continuado con un contacto estrecho y ausente, cercano y a la vez, lejano. Y cuando el reloj marcaba la hora de volver, casi siempre antes de que diesen las diez como cantaba Serrat, escalonadamente, según la permisividad de los padres, íbamos retornando a los salones de cada casa en aquellos veranos donde Angela Channing se asomaba por las televisiones. Ella era de las primeras en marcharse y a mí no me importaba irme antes con tal de acompañarla y quedarme un rato más con alguien que pensaba, actuaba y tenía la misma caraja que yo. Aquellos fueron años de los Spandau Ballet, de llevar una piedra en el bolso de lo poco que pesaba, de hacer cola para ver FlashDance, de sábados en la parada de frente del autobús que venía de vuelta y que nos permitía coger un sitio a la ida, mientras los demás se quedaban en tierra viendo como el Tussam pasaba de largo lleno hasta la bandera, para ir a los Remedios, donde habían demasiados "hombres ges" o a la Gavidia, que era la alternativa más favorable, pasando por algún que otro martes al Coto donde daban un San Francisco gratis a todas las que íbamos, con su borde azucarado y su paraguita a unas horas más propias de colegio que de discoteca. Recuerdo desde el vértigo de los años, como me inicié en muchas experiencias pioneras en mi vida; fumar a escondidas, cuelga tu primero, primeros besos, espiar o asomarnos a la estrecha ventana de tu salita que daba a la avenida con un cojín bajo los codos para ver la vida pasar, con esa ingenuidad que cuarenta años después, a ambas no nos ha abandonado, afortunadamente. Imposible olvidarnos de aquellos veranos sanluqueños con la banda sonora de Madonna, Los Calis, el Voyage, Voyage, Level 42 y tu parecido con Marta Sánchez, que tantas puertas nos abría. Un banco en la calle era lo único que necesitábamos para reírnos horas y horas y horas como no me he vuelto a reír nunca, algo que me lleva a escribir esta reflexión ya que prevalece por encima de la vida que a ambas nos ha pasado de mejor o peor manera, con los desengaños, las malas decisiones o la crueldad de las circunstancias, por eso tengo tantas ganas de quedar contigo, para sentarme en otro banco y que no sea todo el felicitarnos el año nuevo que cambia de almanaque o el nuestro, ése tan reciente que nos indica que solo nos diferencian 24 horas según la fecha de nacimiento. Quisiera volver a reírme de nada y por nada o llorar en tu cuarto, mientras tu cuñado nos miraba vestido de soldado desde el portafotos de tu hermana, por un amor no correspondido de cuyo nombre y cara, no nos acordamos aunque quisiéramos, mientras Mark Knopfler con su banda y el saxo, anunciaba los primeros compases del Your latest trick, aquella canción que cada vez que vuelve a mis oídos, me devuelve al recuerdo de la amistad más pura y menos disfrutada que tuve jamás.

Susana, tenemos que vernos.

viernes, 18 de junio de 2021

Historias inmunizadas


Seré muy ingenua, pero reconozco que estaba ansiosa porque llegase el día de mi cita con la vacuna del funesto Covid 19 de la misma forma de cuando contaba los días para mi cumpleaños o venían los Reyes  Magos, rozando el palo que estoy de los cincuenta y dos es increíble que para algunas cosas siga siendo la misma, afortunadamente. La primera dosis la recibí sin mayores alharacas, fue un aperitivo para quien observar le resulta un ejercicio fascinante y que sobre todas las cosas, le inspira. Aquel día, acudí a mi cita con mi camiseta de los Rolling Stones más reivindicando mi edad que el ser ser justa merecedora de los avances de la ciencia, más por ilusión que por precaución. Todo fue rápido, accedimos dirigidos por personal que nos iba conduciendo levantándonos la voz y guiándonos en fila, recordándome a aquellos estudiantes de "Another brick in the wall" de Pink Floyd. Apenas saqué miga de aquella mi primera experiencia con la inmunología, salvo el interés constante en darme conversación de quien coincidió detrás mía, tocado con gorra negra de piel a lo Brian Johnson que suspiraba en voz alta por aquellos tiempos en los que había sido telonero de los Siniestro Total en aquel mismo recinto, cosa que me pareció poco probable por ubicación temporal espacio tiempo, y al que le di boleto diplomáticamente en cuanto el pasillo me lo permitió, tras concederle unos minutos de cortejo, ya que a estas alturas de mi vida es algo que se agradece más por dignidad que por vanidad. 

De la segunda cita, saqué muchas más sensaciones; llegué con tiempo más que suficiente, (la puntualidad es uno de mis defectos) y al amarrar la bici comprobé que la cola era mucho más larga, pero que transcurría igual de rápida. Delante mía un hombre joven perfectamente peinado con gomina, un pantalón de pinzas celeste y un polo Lacoste amarillo algo antiguo conocía a alguien que iba delante, coincidiendo a menudo en el zigzag de la cola y con quien pretendía quedar a la salida para volver juntos, no se dónde. Aquel serpetear de pasos era el condicionante esencial para poder mirar a todos los que íbamos con pasos lentos en la misma dirección en torno a la cinta que delimitaba los pasillos. Un señor de chaqueta y corbata hablaba constantemente por el móvil, otra se hacía selfies de cada paso que adelantaba, una señora rubia con bastón solicitaba una silla de ruedas, un repartidor de una agencia de transportes o una cara conocida a la que ni la mascarilla facilitó el provisional incógnito, ya que en su peinado antiguo reconocí a una compañera de colegio. Un jardinero con su peto verde y fango en las botas, una señora con tacones y un elegante vestido negro con lunares blancos y un chico que andando leía, pero como soy de Pfizer la vista de lejos no pasa por mi mejor momento y no pude leer el título. Avancé por el interior de aquel megalítico recinto tan poco aprovechado asomando por sus vomitorios el césped que tantos quebraderos de cabeza le había ocasionado a Luis Enrique y sobre el cual aún ondeaban las banderas de Suecia y de España. Operarios limpiaban las gradas y de los palcos vips, recogían o colocaban copas de balón, como debe ser en esos casos y me emocioné recordando momentos musicales vividos allí, un hormigón ahora silencioso pero con el que he vibrado oyendo el "Sultans of Swing", el "Highway to Hell" o el  "Sunday Bloody Sunday", lamentando profundamente no haber vibrado más porque en definitiva, la música es la banda sonora de lo vivido, pero esos son sentimentalismos musicopersonales ante los cuales, no existe inmunidad. Era aquella la imagen más cotizada, todos querían una foto del césped, del medio voladizo, de la grada y la portería; el de la atípica camiseta a rayas amarillas y negras del Betis, el que iba con chanclas e incluso el de la mascarilla de Star Wars que caminaba sin inmutarse con las manos en los bolsillos. También me crucé con Juanma, un virtuoso músico sevillano que decía estar esperando la segunda estocada, con cierto camarero sevillano saborío con pedigrí y con un ilustre mangante de mi barrio reconvertido para la ocasión pero quien siempre llevará presente aquello de que todos tuvimos un pasado. 

Llegó el momento del DNI  y tras pasar sobre la línea de puntos como saltando sobre las baldosas amarillas del Mago de Oz, un chico me dio un papelito y unas indicaciones; "gire a la derecha y todo seguido", ¿cuántas veces habrá repetido esa frase?. Al llegar a mi box, un enfermero muy amable me preguntó si tomaba anticoagulantes y si era alérgica a algo, ¿cuantas veces habrá repetido esas preguntas? y antes de lo esperado, estaba con la dosis puesta, mis defensas preparándose para la próxima chicotá que será de mármol a mármol, el esparadrapo dando fe de ello y pedaleando por el puente del Alamillo cerciorando que mi brazo izquierdo posiblemente no atraería a piezas metálicas, pero sí a mis enormes ganas de escribir esta historia de amor por la observación en los tiempos del Covid.  


martes, 1 de junio de 2021

El luto de la Esperanza

Como la parte final de “Pasa la Macarena”, como intuirla, como cuando los ciriales asoman trayendo consigo la algarabía, como verla irse envuelta en su paso cadencioso, melancólico y majestuoso, como un Pathos macareno; ese uso de recursos o temas destinados a emocionar al lector que dejan serpenteando del corazón a la garganta las doscientas setenta páginas del libro que aún más, me ha estrechado los lazos con esa Macarena tan mía como del pueblo, como de todos los sevillanos. Guillermo Sánchez a través de su libro, “Y la Macarena se vistió de luto”, (Editorial El Paseo) el mismo que llegué a anhelar que no terminase, ha conseguido acercarnos esa Sevilla de ayer llena de tradiciones con una escritura valiente que agradezco, porque reivindica un sentimiento puro lejos de apropiaciones, egoísmos, privilegios y favoritismos, dejando clara en su narrativa que Ella es mucho más que todo eso, sabiendo discernir y definir con palabras esa Macarena del pueblo, de la calle, de los barrios y los palacios, la de los bares, las cocinas o las cunas de recién nacidos, la que llega, pasa y se va, pero que manera de quedarse, que diría el poeta, dejando en el aire un poso de orfandad, señorío y plenitud, mientras las golondrinas revolotean al amanecer por San Juan de la Palma.

Por sus páginas encontraremos la transformación que Juan Manuel dio a la cofradía impregnándole su estilo, bordando palabras con hilo de oro sobre terciopelo verde junto a las impresiones de Machado, Alberti, Lorca o Chaves Nogales, cronistas de un tiempo sin tiempo cuando de escribir de la Macarena se trata, por eso leer esta declaración de amor al porvenir, al devenir y al ayer, me ha resultado emocionante y me ha inundado el espíritu de un sosiego ensordecedor. Una obra magníficamente estructurada llena de referencias a poetas, flamencos o vecinos del arrabal macareno, placeros y gente humilde que compartían sentimiento con los reyes y las reinas, tanto quien la ignoró como quien la llevaba en su nómina, paseando su nombre entre los volantes de su bata de cola. Aquella Macarena que fue perseguida y escondida, la que durmió en la cama de una vecina del barrio, la que incluso la misma Iglesia llegó a prohibir su nombre es la misma que asoma por los renglones de cera verde que derrama la pluma de Guillermo, la que baja del cielo al suelo cada dieciocho de diciembre para que la cola se pierda por la calle Bécquer, la misma que llega cada Viernes Santo con carita cansada, la misma que te pellizca el alma en la torería de los primeros compases de la marcha del maestro Cebrián, la misma que se asoma por las leyendas de toda una vida, las que se contaron de generación en generación, las que han hecho de la Virgen de la Esperanza que sea en rotundo, la Virgen de los sevillanos.

Guillermo nos cuenta que la Macarena tenía a Juan Manuel y a Joselito y ambos se tenían para darnos a entender que a la Macarena se la ve como a una madre y que como a una madre se la quiere y por ese matriarcado se la viste de luto por la muerte de uno de sus hijos al que le lloró todo un pueblo. Leyéndole, he podido verle torear, oír al Niño Gloria, a Chacón, a la Niña de los Peines y sufrir como Señá Gabriela sentada en el balcón, tarareando durante dos días la copla de Lola Flores, “la Gabriela vela, vela, la Gabriela vela vá…” acordándome de mi abuelo cuando la canturreaba, un macareno más nacido en la calle Parras que despachaba en una tienda de ultramarinos de la calle Amargura. Ahí está la Macarena, en los mostradores, en los retablos de cerámica y en las cinco lágrimas donde va toda la sal de los mares, que pregonaría Rafa Serna desde el atril de la gloria, o en la pluma de Muñoz y Pabón, quien defendió que a Joselito se le hiciesen funerales en la Catedral pasando por encima de quienes solo veían la ridícula discriminación de ver únicamente a un gitano que además, fue el Rey de los toreros. Y está en la panadería de José Díaz, donde cuentan que había una foto de Lenin y otra de la Virgen de la Esperanza y en las mujeres macarenas, las de aquí a la eternidad, las que lloraban a sus plantas pidiéndole por sus hijos durante la guerra incivil. Un recorrido cronológico por un sentimiento que vas más allá de lo conocido, de lo habitual; la explicación a por qué Ella es el origen, el fin, los medios y el todo, el eje de la Semana Santa sevillana, el latir de esta ciudad en el cimbreo de las mariquillas a intramuros, a extramuros o en la gloria universal que abarca la devoción a la Esperanza Macarena.

Escrito cronológicamente, arranca la historia en el último tercio del siglo diecinueve, con Juan Manuel Rodríguez Ojeda, diseñador, innovador y creador de un estilo único, dándole sentido al adjetivo camaronero de su manto. Por su lectura asoma Blasco Ibáñez, Sisi emperatriz o Federico García Lorca, con aquella definición soberbia que de Manuel Torre hizo;  el hombre con más cultura en la sangre que había conocido, aquella voz que hizo llorar a Eduardo Miura por segunda vez al oírle cantar una saeta al Señor de la Sentencia desde el balcón de su casa, pasando por cantaores y cantaoras de casta que supieron rezarle a la Esperanza desde los adentros, Ésa que en una medalla abollada, salvaguardó el corazón valiente de un torero poniéndole paradójicamente sobre su pecho el latido del corazón de toda una ciudad que llora y ríe con Ella. Maravillosa la coda final de ese capítulo; “en los tiempos de Joselito, la Esperanza era muy necesaria…”

Alguna lágrima se ha quedado entre las páginas tras haber leído con los ojos y con el corazón como por sus letras pasaban bordadores, toreros, cantaores, cupletistas, armaos, orfebres y poetas del bordado y de la pluma, la brisa que quema y no arde de Juan Sierra y la voz de Miguel Loreto asomándose por entre las trabajaderas del cielo. Soleares, saetas, alamares, tisú y el pueblo concentrado en una foto en blanco y negro inundando una Resolana como si no hubiesen pasado los años. A la que le cantaron todas las voces, la pintaron todos los pinceles, aquella que se ve reflejada en los ojos de sus macarenos, los de la alfombra de plumas blancas, la de los viejos adoquines de la calle Feria, los cabeceros de las camas de los hospitales o la sonoridad de su nombre, Macarena, escuchado tantas veces y ahora leído con el lado macareno de mi corazón en este magnífico libro que me ha hecho llorar y sentir más que nunca, el sentido intrínseco de la Esperanza. 


martes, 13 de abril de 2021

En cada lágrima

Por Santa Catalina todo se había consumado la misma noche del Jueves Santo. El excelente equipo de priostes de su cofradía, desmontaba el atípico altar de esta Semana Santa también atípica dejando entre todas, una sola vela que permanecerá encendida durante todo un año para iluminar las esperanzas de aquellos que se agarran a la generosidad de una donación para seguir viviendo. Fue prendido el Viernes de Dolores por la mujer de un donante y madre de un costalero del paso de Cristo, acompañada por el Dr. Pérez Bernal, el Hermano Mayor y los ojos de todos los que solo expresan la gratitud inmensa de estar vivos gracias a los donantes que le dieron la oportunidad de poder estar ahí, junto a ese cirio por el que chorrean lágrimas de vida. “En cada lágrima, una vida” es el lema de la incansable lucha de mi Hermandad por difundir la importancia de la donación con la que facilitarles una oportunidad a los enfermos de leucemia. Lágrimas de vida como las cinco lágrimas de la Virgen, como la cera que derrama su candelería de Jueves Santo en Jueves Santo, recogida en los platillos de cristal. Lágrimas de vida para visibilizar a los donantes y trasplantados, simbolizando así el verdadero acto de amor al prójimo que supone donar médula, donar sangre, donar órganos, donar vida. Quien os escribe puso su médula a disposición de quien la necesitase con la única ilusión de que alguien me mirase como miran los ojos iluminados con la llama de ese cirio, llenos de vida, agradecimiento y esperanza. Me sensibilicé con la causa hace años, cuando por la ojiva, el alminar y la linterna donde la santa que da nombre a toda una parte de mi vida se asoma portando la rueca y la palma, se hacía un llamamiento a la solidaridad para que una de nuestras hermanas, venciera una enfermedad tan cruel como injusta, la leucemia. Mi Hermandad se volcó con ella y con todos desde entonces, hasta hoy y para siempre, sensibilizando allá donde fuera en estampas, pulseras, mensajes o charlas sobre la importancia de donar para dar vida, todo con una dedicación férrea, por ello es admirable mi Hermandad, además de serlo por su evolución en los últimos años, por como levanta su cofradía, como se organiza, como inunda las calles de su personal melancolía de Jueves Santo y de ese romanticismo de antifaces morados y túnicas blancas, para que los caballos galopen por sus adoquines a los sones de los campaniles del palio de la Virgen, ésos que asustan a los gatos que aún se esconden los antiguos juzgados. Mi cofradía es ejemplar por su intimidad, su jolgorio, su algarabía y su cadencia; es admirable por su cuerpo de acólitos y nazarenos, su Junta de Gobierno que te recibe, te acoge, te da y te llena, te representa; su cuadrilla de costaleros,  valientes trabajaderas de Cristo y de palio hechas a los kilos, a muchas cuestas del Rosario y a las difíciles entradas y salidas por las puertas del exilio, retranqueos y chicotás de grandeza y humildad. Mi cofradía es admirable por la delicadeza de las flores de su paso de palio, su cruz de guía, los cuatro ángeles de las esquinas que portan los elementos de la pasión y su manto de tisú, pero sobre todo es admirable por su solidaridad, por su generosidad, por ser tan grande y tan humilde a la vez, por ser incansables en algo tan importante como es la lucha por la concienciación sobre la importancia de donar órganos, tejidos y médula. El jueves próximo será otro jueves importante en el calendario de mi cofradía, se rubricará oficialmente el convenio de colaboración con la Asociación de trasplantados de médula ósea de Sevilla para desde Santa Catalina, seguir dando voz y concienciar, para que cada vez sean más los que se reúnan en torno al cirio morado que cada Viernes de Dolores se enciende para iluminar la vida, para dar esperanza, para derramar lágrimas de alegría, lágrimas llenas de vida.  

sábado, 10 de abril de 2021

El pluriempleo


De las cosas más ciertas que he escuchado, fue a alguien decir en la radio, que la felicidad radica en trabajar en lo que te gusta, y no puede haber verdad más grande. Afortunadamente tengo mi trabajo, que ni me gusta, ni me hace mejor ni me hace feliz, pero me paga las facturas y en estos tiempos que corren, prometo estarle agradecido, que diría el gran Rosendo. Mi otro trabajo, el no remunerado, el que hago feliz y gozosa, solo me alimenta el alma y el espíritu, es la escritura. Como cualquier mortal, necesito pagar la hipoteca y llenar el frigorífico, pero por encima de todo necesito sentir esa satisfacción incomparable que es ser leída; vivir de la escritura es un sueño inalcanzable. Durante algunos años escribí una columna semanal en un periódico local, ver cada sábado mi cara sobre las letras impresas en el papel, contando lo que días antes había observado o me había emocionado, asomándome a mi azotea para divisar mi mundo y contárselo a quien generosamente, me concediese el honor de ser leída, era la felicidad pseudocompleta, todo ello compatibilizado con mi trabajo real, donde solo eres el tiempo de gestión de una llamada. Un buen día, harta de ser el parapeto que se muestra tras una línea de atención al cliente, en un arrebato de valentía me atreví a pedirle audiencia a quien cortaba el bacalao en aquel periódico, para sugerirle algún tipo de remuneración económica, quien me recibió en su despacho acristalado lleno de vírgenes, adornos horteras y alegatos sobre lo difícil que era levantar ese periódico, lo que costaba llevar el barco, que había que remar entre todos y tal y cual; parábolas de solidaridad y buen samaritano de quien la tiene de mármol. Salí de allí avergonzada y arrepintiéndome de haber ido. Poco duró mi humillación, nada más supe que despedían a los trabajadores que tenían en plantilla, cerré mi azotea por solidaridad y escrúpulos y me quedé vacía, pero digna. Perdonen ustedes este atropello, este desahogo, este alegato a la no resignación de sentirme escritora más que teleoperadora, pero en este mismo instante me siento igual que aquel día que salí del despacho acristalado, tras recriminarle a una de mis interlocutoras de acento castellano y un insufrible y molesto laísmo, que respetase mi trabajo tras dirigirse a mí empleando términos como "miarma","arsa" y "olé", quizás provocado por mi perfecto acento andaluz o porque quizás piense que me paso siete horas al día sentada al ordenador con los cascos puestos sobre la peineta, las flores y el caracolillo de Estrellita Castro, y no una persona a la que la que la lectura y la escritura le dan el contrapunto necesario para mandarlos al carajo con diplomacia. Discúlpenme ustedes pero estoy harta de oír "calle Bergamín, escrito con B", "El punto del email es un punto, no es escrito" o "¿Sabe usted deletrear?"... Voy a combatirlo con mis armas porque no me puedo permitir el lujo de cabrearme gratuitamente, ya que me guste o no, es mi trabajo, el que no me hace feliz pero me permite vivir. Por ello me he propuesto abrir mi azotea, llenar el blog de contenidos y seguir escribiendo de mi Betis en Sentir Bético .Perdonen este derecho al pataleo que precede a mi reencuentro en la blogosfera, pero mientras pueda escribir para que alguien me lea, dejaré que lo demás siga siendo una cuestión de escrúpulos y de contar hasta veinte hasta pillar una buena primitiva. 

viernes, 13 de noviembre de 2020

Historias Sonoras, el vecino del tercero


En aquellos primeros años ochenta, salir a la calle con un radiocasette a pilas era como tener un superpoder. Yo quería unos pantalones pegados, como el cantante de Tequila, de quien me había enamorado musicalmente pero mi padre no pasó por ahí, ni por el inocente cinturón de pinchos ni por el rock de una noche de verano que dio Miguel Ríos en el campo del Sevilla, algo que quizás no se lo llegue a perdonar mientras viva. A los catorce años se vive en la calle, se recoge y se siembra, se ríe, se inventa y se juega mientras vas dejando atrás un tiempo revuelto, nadando entre la infancia y la adolescencia. En mi barrio, donde sus calles mojadas me han visto crecer, las tardes de aquellos primeros días de mayo, cuando el colegio y el jersey sobraban, se hacían eternas jugando con los del barrio; eran tiempos sin prisa, de un duro para el kiosko de Mariano, de bicicletas, del cine Sinaí y de jugar al visto, de sentarse en un banco a inventar algo para que otro día más no fuese otro día menos. En mi calle, en mi bloque, donde aún no había llegado el portero electrónico, vivía un niño repelente al que se le transparentaban los calzoncillos de rayas a través del pantalón blanco, otro que pegaba por sistema, otro que enamoraba a las niñas sin remisión y un semidios, un chaval bajito y cabezón que cuando jugábamos a poli y ladron, él siempre era el poli y bienaventurados nosotros, si éramos seleccionados para su grupo de élite, aunque con el tiempo, hubiese preferido ser ladrón, donde estaban los mejores, aquellos que no caben en un texto. Luego estaban ellas, entre la Nancy, el elástico y el Superpop y entre todos, estaba él, mi vecino del tercero, un chaval alto, risueño y diferente que desapareció del bloque, del barrio y de la calle apenas sin darme cuenta, para reencontrarme años después con él, en el cartel de un festival de música independiente, a pesar de mi notoria adversión a todo lo que suene a indie. Nunca le dije que está unido a una canción que sonó en un día distinto, entre motorettas y partidos de fútbol sobre albero de plazoleta; él y yo sentados en uno de esos poyetes donde la vida pasó por encima de aquellos años tan difíciles donde tanta suerte tuvimos de esquivar las cucharillas y la envoltura de los caramelos Chimos. Por el radio casette a pilas una voz cantaba en alemán removiendo los sensores del circuito musical de quien escribe; se llamaba Falco, no se le entendía lo que decía pero sonaba maravillosamente distinto; después llegaron Yazoo con su "Don`t go" y el tecno pop a mi vida. 
Hace algunos días le vi en un programa de televisión, cantando con su guitarra una canción igual de original que él y me alegré enormemente de su éxito y su reconocimiento, aunque inevitablemente esté siempre unido a la libertad que me dio la voz en alemán de aquel radiocasette aquella noche de verano sin rock donde me descubrió, que había vida más allá de Tequila.

viernes, 23 de octubre de 2020

La Cruz de Guía

Existe una época inolvidable y única, entre mi niñez y la adolescencia, que se asoma por la ojiva de Santa Catalina. Los que me conocen saben que la sangre morada que me corre por la arteria de la calle Gerona va en dirección a mi corazón, que vive en ese barrio, aunque resida en otro sitio. La culpa de ello la tienen tantos momentos vividos con quienes han protagonizado los mejores años de quien os escribe con las uñas aún llenas de tarni shield. Inolvidables fueron aquellos años observando con respeto, como se levantaba una cofradía entre pan de Amalia, papas fritas de San Román e interminables penúltimas en el Cangrejo o en Los Claveles, incógnita que se despejaba casi siempre, en la geométrica azulejería del Tremendo. Inmensos fueron aquellos años de verdadera confraternidad entre besamanos, besapiés y algún que otro desafortunado partido de futbol, años que no volverán porque son irrepetibles aunque muchos de los que los hicieron posible, aún sigan regalándome el privilegio de compartir con ellos la mirada de quien se enfrenta a la estrechez de sus calles sobre las siete trabajaderas y las lágrimas derramadas sobre la candelería de cristal envuelta en manto de tisú. Se nos ha ido uno de aquellos que lo convirtieron en inolvidable, dueño de aquellos pasos sobre los adoquines del barrio que lleva el nombre de su cofradía portando la cruz de guía, anunciándonos que venían galopando dos caballos a lomos de sus costaleros. Una cruz de Guía que durante veinte años oyó a lo lejos la voz del capataz, después de oírla de cerca otros veinte años más agarrado a la pata derecha, tras otros tantos más como auxiliar en el martillo de Pepe Luque. Se nos marcha dejando un apellido intrínseco a una cofradía y el eco de su voz y de su risa serpenteando por los balcones y ventanas del barrio donde la torre mudéjar, la Santa con la espada y los ojos del plato comulgan con la historia escrita en la barra del Rinconcillo, donde todo quedó dicho tantas veces. Todo ello es mi cofradía, formada por gente inolvidable, por antifaces morados, cinturones de esparto, retranqueos, ensayos o vivencias, como aquella comida de costaleros donde tanto nos reímos a costa de unos garbanzos. Es algo inexorable que forma parte de mí, por ello, cuando vuelvan los caballos a trotar por la estrechez de Gerona, con sus hombres valientes portando sus cuatro siglos de historia, sentiré que me falta algo cuando la cruz de guía se detenga y no me encuentre con la sonrisa adivinándose bajo el antifaz de Ignacio Yebra, abriendo un año más, y para siempre, otro Jueves Santo.

 


viernes, 18 de septiembre de 2020

Historias Sonoras, Charly y las botas de cremallera.

Marbella en enero es por lo menos, extraña, como extraña lo fue el alternar la cotidianeidad familiar de un cumpleaños con el trabajo eventual en uno de sus pisos de muebles castellanos y urbanizaciones de alquiler para veraneantes de la setentera Costa del Sol. En la foto, una tarta de cumpleaños, mi prima Reyes con su flequillo, el niño de una pareja compañeros de trabajo de mi tío y yo, con mis botas altas de cremallera lateral que a mis seis años ya me hacían creer que era una moderna fuera de lo habitual. Fuera de la escena mi tío Pepe, mi tía Reyes, mi abuela y esa familia agregada y ya olvidada, con seis años apenas se recuerda nada, salvo que el verano llegaba cuando mi tía Reyes dejaba la salita en penumbra y me hacía un cuenco enorme de fresas con naranja. Ella y yo compartimos la  animadversión a los besos, el guiño característico del ojo izquierdo y el nombre, y descompartimos la virtud de convertir en delicatessen todo lo que cocina; tartas vegetales, rollitos basta ya, chipirones en salsa con arroz blanco y un largo etcétera. La tarta de calabaza que inspiró esta historia sonora preparada porque sí, me devolvió a ese enero en Marbella y a una máquina de la puerta de un bar, donde un huevo de plástico contenía una baratija sin valor, una cadena de la que colgaba un cuerno imitación a marfil, y que se unió a mis botas de cremallera para convertirme en todopoderosa. Fue al volver al interior cuando me topé con la complicidad de mi tía en una de sus sonrisas exclusivas, quizás ella ni recuerde que me dio la moneda, ni repare en ese episodio, ni se acuerde de que le robé para siempre aquel gesto de complicidad con mi cuerno colgando del cuello pisando el suelo de aquel bar de turistas con mis botas sintiéndome segura. Sonaba de fondo una canción que convirtió el momento en inolvidable, la complicidad de mi tía Reyes, la del rulo en la frente y los dedos de los pies asomando por las sandalias adelantándose a sus pasos.  
La tarta de calabaza que me hizo porque sí me devolvió esa sensación de sentirse querida y segura, como aquel enero marbellí tan atípico, entre sonrisas, tartas de cumpleaños y la voz pastelosa del cantante de Santa Bárbara que le cantaba a a alguien llamado Charly, que tuvo mucha suerte, al cruzarse en su camino...



martes, 8 de septiembre de 2020

Historias Sonoras; el antídoto

De Sevilla a Jonkoping hay demasiados kilómetros, y aquella noche en la que recorrimos las dos hermanas media Europa, el bajarnos de aquel autobús aséptico en aquella estación sueca, fría y triste donde la distancia se reflejaba en los ojos de la tercera hermana, eliminó de un plumazo la sensación de desarraigo académico en la que se encontraba. Excepcionalmente por esos ojos se asomaba la tristeza, siempre llenos de la generosidad, la guasa y la alegría que la caracteriza, aunque el frío de aquella ciudad de nombre impronunciable, se empeñase en cubrirlos con un velo de una melancolía que ella, no acostumbra a usar. Se vestía dormida cuando íbamos al colegio, luciendo su cola de caballo, el andar cansado, la maleta y la confianza que dan los secretos filtrados por el colchón, en las literas, donde mi posición de hermana mayor daba ventaja. Jugaba al fútbol y al autocros y guardaba con orgullo un pin de la KGB y un beticismo inexorable a la altura de sus miras; luego llegaron la valentía, la capacidad y la superación, unidas a la inteligencia y al lustre que da el ser una de las mujeres mas inteligentes que conozco, y mas humilde, a la par de ser el pilar mas férreo de la construcción que soy, el antídoto con sentido común a la pasión y al ímpetu, la sensatez emparejada con la claridad de pensamiento. Mi hermana se pintaba sin conseguir el soñado efecto de que nadie se percatase de que estaba pintada, quiso parecerse a Sade cuando en realidad, no se parece a nadie porque a ella, no tiene quien la iguale. No existe una canción que me la recuerde especialmente, que ilustre este segundo capítulo de mis historias sonoras, quizás la voz de Camarón envuelva su presencia y su aura en cualquier palo, tesitura y registro, pero es su cumpleaños y este año de mierda bien merece una buena canción que despeje la incógnita, que resuelva la ecuación que a los que la queremos, que somos muchos, nos tiene con el problema en la pizarra y los dedos llenos de tiza. La doctora, la madre, la hija, la hermana, la amiga, el punto de apoyo, el consuelo, la receptora, el consenso, la emprendedora de los ojos nunca tristes, siempre inmersos de esa generosidad innata. 
El mayor de sus méritos es su lucha ejemplar, sea por la batalla que sea, merece por ello que sea Alaska con su Deseo Carnal, Radio Futura con los bailes de Marte, Pedrito con la mochila azul o aquella pastelosa Dancing Queen de Abba que sonaba cuando la recibimos su legión de admiradores y momias varias, nada más aterrizar de aquella tierra fría de nombre impronunciable, escondidos entre rollitos basta ya y mejillones nunca mais con una pancarta donde se leía "Bienvenida Rosio", con su buena falta de ortografía, como mandan los cánones. 

A ella merecería que este ocho de septiembre le cantase María Jiménez, Nica Costa, Malevaje, Juanito Villar o Bambino, pero todos sabemos que lo que realmente le gusta, es la música de garaje.




jueves, 27 de agosto de 2020

Historias Sonoras; "My sweet lord"


Para que la inspiración fluya, basta que suene el redoble de tambor que tengo como notificación de mensaje de whatshapp; llevaba algún tiempo queriendo escribir los muchos vínculos emocionales que me unen a las canciones y viceversa, almacenadas en mi mente y en uno de mis innumerables cuadernos, donde esperan títulos de canciones con sus porqués con sus cómos y sus cuándos para salir al terreno de juego, y yo estaba en el centro del campo y no sabía a quién pasar el balón. 
 
Mi tío Pepe es un personaje, un hombre peculiar lleno de historias increíbles e interesantes, que ha sido en la vida entre otras cosas y por encima de todo, carpintero, nombre por el cual es conocido. Pepe, el carpintero, ahora cultiva un huerto urbano a las afueras de la ciudad, desde donde los aviones les saludan cuando se disponen a tomar tierra, será por ello que sus calabacines, sus tomates, sus acelgas o sus lechugas, no sufren del mal de altura. De joven se parecía a un Felipe González de chaqueta de pana y carteles, aquel de días de mayoría absoluta y rosas que ahora, ya no se parece ni a él mismo. Esta niña que ahora escribe, en aquellos veranos a la umbría de la persiana bajada, con la fuente de fresas con naranja tan indisoluble a ese recuerdo, no entendía la situación que se vivía en aquella casa, al ser él uno de esos millones de parados de aquella época negra en la historia de España. Cada vez que en aquel piso diminuto, donde vivía con mi tía, mi abuela, mis tres primos, un mueble bar atiborrado donde asomaba el lomo color arena de un ejemplar de "¿Que fue de Baby Jane?" y una mesa redonda que con una sola pata vencía la gravedad, sonaba la voz Alberto Cortez, a Pepe el carpintero se le vaciaba el serrín que acumulaba en su rincón del alma. 
Ayer sonó el redoble de tambores, con una notificación de "Tito Pepe" quien me mandaba un vídeo de Billy Preston con Eric Clapton cantando "My sweet lord" sencillamente porque se había acordado de mi, abriendo la caja de la inspiración. Lo que él quizás no sepa es que en mi rincón del alma tiene sitio preferente, entre los tomates, sus historias increíbles y la voz de Alberto Cortez, a quien siempre estará vinculado, verdadero sweet lord de Granaína street. 

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